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CRUZANDO EL PUENTE

TOROS

LA PINTURA TAURINA EN LA COLECCIÓN COLOMBÍ

En la Casa de la Provincia de la Excelentísima Diputación Provincial de Sevilla, ha sido expuesta la Colección La Pintura Taurina del Conde Colombí. Gran Iniciativa la de esta Institución sevillana, que viene a reforzar la trayectoria del proceso histórico de la Fiesta de los Toros, dejando claro que es una cultura de siglos en nuestros pueblos.

Esta exposición viene a reforzar la necesidad de que la Fiesta se encuadre institucionalmente en Cultura con el objeto de que algunos no consigan lograr los fines de su supresión que seria ir en contra de nuestros antecedentes históricos, menospreciando la riqueza cultural que encierra.

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El Conde de Colombí y Luis Prieto (1945)

Para poseer a las Pléyades, Orión debía cazar a todas las bestias de la isla, entre ellas un mágico y poderoso Tauro. Y así, en plena pelea, aparece en el cielo tal lance que, desde hace miles de años, forma parte de la poderosa atracción que conecta a los humanos con los astros.

Una relación siempre enigmática y profunda, la del Hombre con el Universo, que se transmuta y baja a la arena en la civilización mediterránea y más concretamente en nuestro país, donde el mito del Minotauro posee raíces y pasiones en el mundo de la Tauromaquia.

Porque es el toreo y lo que lo envuelve de mágico, todo un mundo de sensaciones, de sugestiones y de grandes vuelcos del alma, que siempre ha atraído a propios y extraños.

San Fermín, un sinfín de fiestas locales y las propias corridas de toros así lo atestiguan, dejando tras de sí, en el último ejemplo, toda una industria nacional que, además, contribuye a la conservación de un ecosistema vital para la sostenibilidad ambiental, como es la dehesa.

Y en esa fuerza de lo taurino, en ese universo de sensaciones, fue donde quedó atrapado un buen día el conde consorte de Colombí, José María Gutiérrez, alcalareño de pro y afanado coleccionista.

Ahora, con la universalización de la cultura que la democracia ha traído a todos los niveles, la valiosa colección del conde de Colombí se exhibe desde 2005 en el Museo de Alcalá de Guadaira, con todo su esplendor de compendio tauromáquico.

Una serie de obras que, ahora, la Casa de la Provincia trae hasta la capital para que todos, propios y extraños, puedan admirar la extraordinaria labor de mecenazgo que ejerció José María Gutiérrez. Y ahora, en ese futuro, el de ahora mismo, las generaciones venideras se ven también atrapadas por el mito de Minotauro en sus propias vidas.

Porque todos somos Orión, todos enfrentamos en ocasiones al Minotauro, y por eso la colección Colombí ejerce una misteriosa fascinación, a través de sus figuras, a todo aquel que la contempla.

                                                   FERNANDO RODRÍGUEZ VILLALOBOS

                                                   Presidente de la Diputación de Sevilla


En 2010 el Museo de Alcalá de Guadaira celebra el quinto aniversario de su inauguración. En estos años ha ido ocupando un lugar en el panorama cul­tural local y provincial, en base a una propuesta que rescata las esencias artís­ticas e históricas de la ciudad para ponerlas al día mediante un discurso actual.

 Para celebrar esta fecha no cabía pensar en nada mejor que en redoblar el trabajo, ofreciendo un ciclo de actividades del mayor interés y calidad. En esta programación ocupa un lugar preferente la recuperación de la Colección Colombí.

En 1972 llegó a Alcalá de Guadaira una importante parte del legado bibliográfico, documental y artístico de don José María Gutiérrez Ballesteros, conde de Colom­bí. Una parte de esta colección, dedicada a la presencia de la temática taurina en las artes, compuesta por cuadros, cerámicas, carteles, muebles decorados a mano y exlibris, está depositada en nuestro Museo donde se viene trabajando en su recupe­ración, catalogación y difusión. Frutos de esta labor son esta misma publicación -la primera que se dedica explícitamente a esta colección-, la exposición que se realiza en el otoño de 2010 en la Casa de la Provincia de Sevilla -primera vez que se presenta fuera de Alcalá este legado- y la que posteriormente, a lo largo de 2011, se celebrará en el propio Museo de nuestra ciudad, para así desembocar en e140 aniversario de la donación.

Considero que es toda una ocasión que los alcalareños debemos celebrar como una fiesta cultural, participando de estas propuestas y disfrutando de un conjunto de obras que, a lo largo de décadas, habían despertado la curiosidad e interés de todos, a la vez que compartir esta celebración artística con toda la provincia y con cuantos quieran conocerla.

                                                                   ANTONIO GUTIERREZ LIMONES

                                                                   Alcalde de Alcalá de Guadaira

Índice

 

Introducción

         Francisco Mantecón Campos

EL Conde de Colombi o la pasión por los toros

         Rafael La Casa  

La pintura taurina en la Colección Colombí

(Museo de Alcalá de Guadaira)

         Obras seleccionadas

         Catálogo

         Obras en proceso de restauración

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Ex-libris para el conde de Colombí

Introducción

Francisco Mantecón Campos

Una colección de tema taurino en Alcalá de Guadaira

En 1972 llegó a Alcalá de Guadaira una importante parte del legado bibliográ­fico, documental y artístico de don José María Gutiérrez Ballesteros, conde de Colombí.

Personaje singular, siempre cercano al mundo de la cultura y polifacético coleccionista, aunque desde temprana edad residió y desarrolló su vida profe­sional en Madrid nunca perdió el vínculo con su ciudad natal, la propia Alcalá de Guadaira, donde se le requería frecuentemente, con afecto y admiración, para conferencias, presidencias honoríficas u otros actos de diversa índole.

Eran los años de transición política y aquel legado quedó durante una temporada en un cierto olvido, hasta que en la década de los 90 la Delegación Municipal de Cultura, con el impulso de su responsable doña Guillermina Na­varro Peco, pone en marcha el proceso de catalogación y restauración de las piezas. En 2005 se inaugura el Museo de la Ciudad, donde actualmente se en­cuentra la colección, y se da un impulso definitivo a su recuperación, estudio y divulgación.

Apuntes biográficos sobre don José María Gutiérrez Ballesteros conde de Colombí

Un 28 de marzo de 1893, nace en Alcalá de Guadaira don José María Gutiérrez Ballesteros. Menor de tres hermanos y perteneciente a una familia mediana­mente acomodada, cursa sus estudios de Derecho en la Universidad de Sevi­lla con muy buenos resultados, empezando en la misma ciudad su andadura como abogado. Su profesión le hace coincidir con Esperanza Contreras y Zea Bermúdez, joven viuda con la que contrae matrimonio por el que pasa a con­vertirse en conde consorte de Colombí.

El matrimonio instala su residencia en Madrid. Allí, José María Gutiérrez Ballesteros continúa su ejercicio en el mundo de la abogacía hasta los setenta años de edad alcanzando una muy brillante trayectoria profesional.

Un lugar muy importante en su vida lo ocuparon sus múltiples inquie­tudes culturales, que conforman en él una personalidad de «coleccionista» entendido a la manera decimonónica. Fue gran apasionado y conocedor de temas taurinos, bibliófilo, escritor y poeta, destacado conferenciante... Su afán coleccionista y su pasión por el arte, la literatura y el mundo del toro, le llevan a ocupar puestos como Miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas letras, presidente de la Asociación de Exlibristas Ibéricos y presidente de la Unión de Bibliófilos Taurinos.

De su matrimonio nace en 1940 su único hijo, José María Gutiérrez y Contreras, quien tras la pronta muerte de su madre, la condesa de Colombí, ostentó el título, quedando José María Gutiérrez Ballesteros como conde viudo.

Aún siendo Madrid su lugar de residencia durante la mayor parte de su vida, jamás perdió el vínculo con su localidad natal, participando como dina­mizador y protagonista en múltiples iniciativas culturales. A su vez la ciudad de Alcalá de Guadaira, agradecida, le nombra hijo predilecto en 1954.

En 1972, procedente de Madrid, llega a Alcalá parte de la colección que el conde de Colombí donó generosamente a su ciudad natal. Su legado queda almacenado en dependencias municipales, expuesto al público durante algún periodo, hasta que en 1990 comenzaron las labores de ordenación, clasifica­ción y catalogación de la donación. Otra parte de su colección fue entregada a la localidad alicantina de Alfaz del Pi, donde se inauguró un museo con esta parte del legado que, al parecer, a los pocos años cerró sus puertas.

La colección que se encuentra en el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira destaca por una muy importante sección de prensa y libros, una importan­tísima serie de Ex Libris compuesta por más de cinco mil ejemplares y un apartado de pintura, cerámica y otros objetos artísticos que tienen en común la particularidad de su temática taurina.

El conde de Colombí muere en 1989 en Madrid.

Actualmente, el legado de D. José María Gutiérrez Ballesteros, conde de Colombí, se encuentra catalogado en su totalidad y en fase avanzada su proce­so de restauración.

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Ex-libris para Jesús Cardeñosa

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Ex-libris  de F. Teijeiro para Antoni Martinez

La pintura taurina en la colección Colombí

Como ha quedado dicho, junto con la sobresaliente sección de Ex Libris y la muy notable de libros y prensa periódica, destaca el apartado de artes plásticas de la colección, formado por pinturas, cartelería, cerámica, fotografía, escultu­ras de pequeño formato y mobiliario decorado a mano.

Con excepción de algunas piezas más singulares, el mayor valor de la colección no se encuentra en la calidad artística individual de las mismas, sino en el hecho de que todas ellas tienen en común estar dedicadas a la temática taurina, lo que le confiere un valor singular como colección y un importante atractivo etnográfico, pues se convierte en un compendio privilegiado para abordar el conocimiento de la fiesta del toro.

Abundan los carteles u otros impresos de «corridas» destacadas, los re­tratos de toreros o personajes característicos, las escenas campestres y «go­yescas», que aportan una imagen de las indumentarias utilizadas en la fiesta, o las composiciones descriptivas de las principales «suertes» taurinas. Son especialmente llamativos unos pequeños formatos, generalmente en lienzo o cartón, que denominaríamos «retratos» de toros, pues en ellos se representan ejemplares concretos que destacaron por lo extraordinario de sus cualidades desde el punto de vista de la lidia, estando acompañados en muchos casos de una «ficha» adherida al dorso del cuadro donde se mencionan el nombre, peso y otros datos del animal, la plaza en que fue lidiado, el nombre del matador, y alguna descripción del comportamiento que mereció tal distinción.

Como es normal en una colección cuya única directriz previa ha sido la temática, se da una notable variedad de estilos y conceptos artísticos. La crono­logía de las obras va de los siglos XVIII al XX. Siempre dentro de un lenguaje figurativo, algunas se resuelven en un estilo romántico propio del siglo XIX y adecuado para temas como las escenas goyescas, o impresionista, como se da en algunas piezas que muestran suertes o momentos de la lidia, o del más claro realismo utilizado en los principales retratos. Destacaríamos por su singulari­dad unas piezas cerámicas en azulejos, fechados en el siglo XVIII, en las que la ingenuidad de las escenas junto con la soltura y economía de la pincelada dan el resultado de unos modos casi expresionistas; así como los exlibris, seleccio­nados de entre los varios miles que conforman la colección, por ser estos los de temática taurina.

Aunque ya ha sido dicho que no es el artístico el principal valor de la colección en su conjunto, sí merecen ser señaladas algunas piezas, que más adelante comentaremos de modo pormenorizado.

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Cayovi - Bailaora en la venta (1870)

La colección en Alcalá de Guadaíra

El conjunto de la donación Colombí al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra en lo referido a artes plásticas está formado por unas 200 piezas, entre pintura, escultura de pequeño formato, cerámica y mobiliario decorado a mano.

Tras el inventario realizado en sus primeros años de estancia en Alcálá, parte de la colección quedó expuesta de forma permanente en los salones del Hotel Oromana, mientras que el resto quedaba almacenado en dependencias municipales.

A finales de los años 80 del siglo XX la Delegación Municipal de Cultu­ra se plantea la restauración de algunas de las pinturas, y en el año 1991 esta intención se refuerza mediante la firma de un convenio con la Cátedra de Res­tauración de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Con ello, por parte de los alumnos de los últimos cursos y dirigidos por los profesores don Francisco y don Joaquín Arquillo Torres, se completa el inventario añadiéndole una ficha fotográfica a cada obra y se interviene sobre varios cuadros más.

A partir de 1999, con la creación de la Delegación de Patrimonio Históri­co por parte del Ayuntamiento alcalareño, el proceso de restauración, aunque pausado por la propia naturaleza de los trabajos y la disponibilidad presu­puestaria, se acelera en la medida de lo posible. Licenciados alcalareños en Be­llas Artes, con la especialidad de restauración y conservación de obras de arte, como Paloma Monedero Trujillo, Alejandro Redondo Torres y Claudio Hoyo han dejado la huella de su buen hacer profesional aportando cada uno un paso más en la recuperación del total de obras de la colección.

Estos trabajos de restauración, además de permitirnos go­zar de cuadros de mejor factura de lo que en un principio pudiera parecer, o de descubrirnos datos de autoría y fechas de realización que habían quedado ocultos por la suciedad y ennegrecimiento de los barnices, ha dejado a la luz algunas curiosidades en forma de «repintes». En algunos casos supo­nemos que podría ser el propio conde quien, en su afán de acrecentar la colección, encargaría la transformación de un «retratado» de cualquier profesión o personalidad en impro­visado personaje taurino. Así, ha podido verse en algunos re­tratos cómo el protagonista ha perdido la «montera» después de una limpieza, o alguno al que se le apreciaba un alzacuellos sacerdotal deba­jo del traje de luces. Tal vez en otros casos algún artista modesto, necesitado de vender, se anticipaba al encargo y presentaba ya al conde las propias creaciones «revestidas» para la ocasión de toreros, banderilleros o picadores.

La exposición

Han sido varias las ocasiones en que esta colección se ha expuesto de manera parcial, pero siempre en Alcalá de Guadaira, ya fuera en la Biblioteca Pública Municipal, en la Casa de la Cultura o en el propio Museo de la Ciudad.

Es esta la primera oportunidad en que la colección, notablemente am­pliada en cuanto al número de piezas que se han recuperado para su exposi­ción, se muestra en Sevilla, en un espacio tan significativo, por la calidad del mismo y por su carácter simbólico, como es la Casa de la Provincia. Con tal motivo se edita esta publicación, la primera también de estas características que se dedica a la pintura taurina del conde de Colombí. Sin lugar a dudas que esto supone un paso adelante, y muy valioso, en lo referente al conocimien­to, valorización, divulgación y disfrute de la colección, cuando se aproxima el cuarenta aniversario de su llegada a Alcalá.

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Autor desconocido - Escena costumbrista (1890)

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Banderillas en el campo (s.XVIII) - azulejo pintado a mano

El conde de Colombí o la pasión por los toros

Rafael La Casa

José María Gutiérrez Ballesteros nació en Alcalá de Guadaíra en las postrime­rías del siglo XIX, el 28 de marzo de 1893, en el seno de una familia de pro­pietarios agrícolas. Fue el menor de tres hermanos y estaba emparentado con el escritor José María Gutiérrez de Alba, del que acaso heredara la entusiasta inclinación hacia la literatura y,el arte que tan profundamente caracterizó la vida del conde de Colombí.

En aquellos tiempos, la que en la actualidad es una populosa ciudad del anillo metropolitano de la capital provincial no era sino un municipio de poco más de ocho mil habitantes, muchos de los cuales vivían diseminados en el campo, que estaba integrado en el partido judicial de Utrera, la localidad más importante de la comarca. Por lo demás, la población activa se dedicaba esencialmente entonces a la agricultura, con una preeminencia casi absoluta del cereal y del olivar, y a la industria panadera, a la que posteriormente se añadiría la del aderezo de aceituna. En lo político, habían quedado definiti­vamente superados los exaltados ánimos revolucionarios, primero, y el des­tacado protagonismo de las diversas tendencias del republicanismo en la vida local, después, para dar paso a un prolongado dominio conservador, acorde con el aparentemente plácido régimen de la restauración instalado en el país por obra de Cánovas del Castillo.

La mediana posición económica familiar permitió que José María Gu­tiérrez Ballesteros cursara estudios superiores, lo que hizo con notable aprovechamiento hasta alcanzar la Licenciatura en Derecho en la Universidad de Sevilla, para posteriormente iniciarse en el ejercicio de la abogacía en la pro­pia capital hispalense. Tales circunstancias tuvieron una influencia decisiva en su vida, pues las ocupaciones profesionales le llevaron a conocer a Esperanza Contreras y de Zea Bermúdez, que llegaría a ser en 1930 la cuarta condesa de Colombí, con la que finalmente contrajo matrimonio el 26 de marzo de 1926. Dicha unión tuvo un único descendiente: un varón llamado como su padre.

Así pues, merced a su matrimonio el joven letrado alcalareño ingresó en el exclusivo círculo de la aristocracia y pasó a ser generalmente conoci­do poco más tarde como conde de Colombí, aunque en realidad era sólo el consorte de la poseedora del titulo. Incluso tras el fallecimiento de su esposa siguió haciendo uso de la mencionada dignidad nobiliaria, que heredó su hijo en 1949, como conde viudo de Colombí. De cualquier modo y por encima de las precisiones realizadas, José María Gutiérrez Ballesteros fue, desde poco después de su matrimonio hasta su propia muerte, el conde de Colombí para todos quienes le conocieron y trataron, especialmente para sus paisanos, que le dispensaron una constante admiración y respeto.

El matrimonio trajo consigo asimismo un cambio de aires para el con­de de Colombí, que estableció su residencia en Madrid, donde desarrolló una brillante ejecutoria profesional como abogado hasta los setenta años de edad. Tras los convulsos tiempos de la II República y la Guerra Civil, la posición del conde se asentó definitivamente en la capital del reino. Allí tuvo oportunidad de cultivar con denuedo sus múltiples aficiones, entre las que descollaron so­bremanera la literatura, el arte, el coleccionismo y el toreo. Destacó además como orador y conferenciante, con una asidua presencia en múltiples y di­versos foros. Esta rica y polifacética personalidad le llevó a ser, por ejemplo, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y presidente de la Asociación de Exlibristas Ibéricos y de la Unión de Bibliófilos Taurinos, así como a recibir numerosos reconocimientos.

Hombre de intensa vida social y acusada vertiente pública, tan pronto le vemos como primer Hermano Mayor de la madrileña Hermandad del Gran Poder y de la Esperanza Macarena, de la que fue igualmente fundador en 1940, como nos lo encontramos ejerciendo como presidente de la Federación Na­cional de Asociaciones Taurinas. Empero, esta frenética actividad no le desligó de sus orígenes; antes al contrario, el conde de Colombí mantuvo de continuo una estrecha vinculación con su localidad natal, hasta el punto de ser nombra­do su Hijo Predilecto en 1954, como agradecimiento a su siempre generosa cooperación en las iniciativas culturales habidas en Alcalá de Guadaíra, a las que distinguió con su solícito apoyo.

El conde de Colombí falleció en Madrid en 1989. Unos años antes, como muestra del singular afecto que dispensó siempre al pueblo donde vio la luz, donó en 1972 al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra una importante parte de la valiosa colección bibliográfica, documental y artística que logró atesorar a lo largo de su dilatada vida.

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  Reunión en la Peña Taurina Los de José y Juan, con el conde Colombí en el centro

El aficionado y la fiesta nacional

Como se ha dicho, entre las aficiones del conde de Colombí ocupaba un lugar principal, seguramente desde primera hora, la fiesta nacional.

De la Alcalá de Guadaira de su infancia se nos cuenta que lucía una pla­za de toros que, según una estadística mandada formar, era la cuarta por su capacidad de las siete que existían en la provincia de Sevilla. Y de la arraigada tradición taurina de la localidad en aquel entonces son elocuente muestra la fundación en 1903 de una escuela taurina en la Posada del Pelao y, de modo particular, la celebración de numerosos espectáculos taurinos de muy diversa condición, a saber: corridas de toros y novilladas, festejos para aficionados, becerradas -que llegaron a contar en alguna ocasión con la participación de niños toreros- e incluso el llamado toro del aguardiente. En ese ambiente, en el que la fiesta brava se encontraba indisolublemente ligada a los grandes aconte­cimientos del pueblo, por lo común de carácter religioso, creció el que habría de llegar a ser conde de Colombí. Al igual que muchos de sus paisanos debió sentir una profunda admiración por los diestros locales de la época, como el siempre arrojado Antonio Moreno, Moreno de Alcalá, y el eficaz estoqueador Francisco Martín Gómez, Vázquez.

Asimismo, de unos años más tarde se nos dice que los habitantes de Alca­lá de Guadaira seguían manteniendo su predilección por la fiesta nacional. No faltaron tampoco entonces los festejos, ni nuevas escuelas en las que adoctri­nar a los legos en los arcanos de la tauromaquia: en 1917 se inauguró la Escuela Taurina de la Venta de Espinar y en 1925 se fundó la Escuela Taurina Cercadilla de Santa Lucía. También el pueblo siguió siendo cantera de toreros, como José García, Alcalareño, y Epifanio Bulnes, aunque ninguno de ellos llegara a estar a la altura de los éxitos de sus inmediatos predecesores locales en el ejercicio del arte de Cúchares.

Más allá de los confines alcalareños hay que reseñar que en aquel mismo tiempo se estaba gestando una auténtica revolución en el toreo, de la que fue testigo privilegiado, ya en plena juventud, el conde de Colombí. En efecto, la irrupción, prácticamente simultánea, en el planeta de los toros de José Gómez Ortega, Gallito -o simplemente Joselito el Gallo-, y de Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, produjo una profunda conmoción. El primero, encarnación máxi­ma del toreo poderoso y dominador, con un entendimiento de la lidia como sometimiento del astado; el segundo, portador de una nueva concepción del toreo, presidida por la quietud y el temple; el uno, fiel continuador hasta la su­blimación de la tauromaquia tradicional, como sucesor indiscutido de Rafael Guerra, Guerrita; el otro, atrevido innovador que puso en valor la plasticidad y la estética en el toreo, hasta entonces preteridas casi por completo.

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 Cartel taurino -Plaza de Toros de Constantina (1910)

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José Gómez Ortega, «Gallito» (1912)

Joselito y Belmonte, o Belmonte y Joselito, que tanto monta, sostuvie­ron una enconada, mas siempre respetuosa, competencia en el ruedo, que en ningún momento estuvo reñida con la recíproca admiración y estima que sin­tieron el uno por el otro. Ambos diestros estuvieron de continuo arropados por legiones de acérrimos incondicionales, encendidos por la pasión que estos colosos del toreo despertaban, en ocasiones hasta un fanatismo extremo. Tal era la expectación que Joselito y Belmonte originaban por doquier que sus ac­tuaciones acostumbraban a adquirir categoría de magno acontecimiento allí donde tenían lugar. Nunca hasta entonces la fiesta había llegado a tal nivel de popularidad, ni nunca después se ha vuelto a alcanzar dicha cima.

Empero, esta rivalidad acabó de manera trágica el 16 de mayo de 1920 en la toledana plaza de Talavera de la Reina, donde el toro Bailador corneó mortalmente a Joselito el Gallo. A partir de entonces, aunque Belmonte siguió en activo derrochando su magisterio, ya nada volvió a ser lo mismo, pues había desaparecido el rival con quien mantuvo un permanente forcejeo por el cetro del toreo. Imposible decir quien era el mejor. Sólo puede sostenerse un he­cho incontestable: el vacío provocado por el fallecimiento de Joselito causó no sólo un inconsolable pesar, sino también una honda perplejidad en la afición («~Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo lo mató un toro», llegó a aseverar su amigo y afamado crítico Gregorio Corrochano), y apagó en gran medida la pasión que tan necesaria resulta para la vitalidad de la fiesta, pues dejó a Belmonte sin oponente digno de tal condición.

No es extraño que aquella época, llamada con toda justicia la Edad del Oro del Toreo, quedara grabada a fuego en la memoria de los aficionados que tuvieron la dicha de vivirla de primera mano como el paradigma por anto­nomasia de la tauromaquia, como el canon de la perfección en la lidia, en fin, como el cabal compendio del toreo. Aparecerían posteriormente nuevas suer­tes, se sucederían unas tras otras las figuras de indiscutible mérito (Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Manolete, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida, Luis Miguel Domínguín, Antonio Ordóñez...), continuaría evolucionando el propio toreo (incorporación del peto al caballo de picar; concepción del toreo de muleta como suma de pases ligados en tandas, que se convierte en la parte fundamental de la lidia; enaltecimiento de la quietud del torero, hasta el pun­to de terminar erigiéndose en figura cuasi inmóvil alrededor de la cual gira el toro...), pero los viejos aficionados seguían guardando estricta fidelidad a Belmonte y a Gallito: en efecto, los unos continuaban afirmando con orgullo que eran de Juan; los otros, con no menos arrogancia, proclamaban que eran de José. Así, sin más, porque sobraban por completo el apellido y el apodo y porque ya nada volvería a ser lo mismo en el mundo del toro.

El tiempo siguió su inexorable curso, mas para muchos, entre los que se contaba el conde de Colombí, la memoria se encontraba definitivamente anclada en el pasado esplendoroso de la Edad de Oro del Toreo. En el Madrid de principios de los cincuenta del siglo pasado, un selecto y escogido grupo de aficionados, ante la crisis que a su entender padecía la fiesta, reflejada sobre todo en la extensión de la corruptela del afeitado por aquel entonces, conside­ró oportuno tomar postura a favor de la plenitud del espectáculo taurino. Para ello, entendieron que lo mejor era reivindicar la pureza que ellos conocieron en sus años juveniles, en los que tuvieron la suerte de presenciar la competen­cia entre Joselito y Belmonte, en la que coincidieron ciencia, arte y toro. Así se explica en la propia historia de la peña taurina Los de José y Juan, creada en la capital del reino en 1951, cuyos socios debía cumplir inexorablemente el requisito de haber visto torear a Gallito y a Belmonte. No podía ser de otro modo, pues el objetivo primordial de la Peña era -y continúa siendo- el de rendir homenaje perpetuo a la memoria de aquellos dos diestros, por reputar­los, con toda propiedad, las máximas figuras de la historia del toreo.

Pronto se produjo un aluvión de solicitudes de ingreso, entre las que se contó la del mismo conde de Colombí, que fue nombrado vicepresidente de la peña en 1954, cargo en el que cesó en 1972 por causa del traslado de su residencia a Sevilla. También por aquellas fechas alcanzó la presidencia de la Federación Nacional de Asociaciones Taurinas. Así pues, el conde de Colombí fue durante largo tiempo una de las almas de aquella egregia reunión de viejos aficionados, que desde 1958 ha venido celebrando unos interesantísimos ciclos de conferencias, sucedidos anualmente de manera ininterrumpida, en los que prestigiosos oradores han disertado sobre las diversas vertientes de la fiesta (entre ellos, José María de Cossío, Gregorio Corrochano, Domingo Ortega, Antonio Díaz-Cañabate, Gerardo Diego, José Bergamín, Luis María Anson, Daniel Vázquez Díaz y el propio conde de Colombí). Los de José y Juan se convirtió pronto en santo y seña del taurinismo nacional, por más que despec­tivamente se tachara a la peña de bastión irreducible de que cualquier tiempo pasado fue mejor. En efecto, la originaria tertulia taurina, que no por ello dejó de reunirse periódicamente, alcanzó al poco tiempo de su constitución como peña el liderato de la afición nacional.

Todavía hoy día continúa su brillante andadura Los de José y Juan, aunque para lograr su supervivencia hubiera de adoptar en 1969 el acuerdo -traumático para algunos de los viejos peñistas- de suprimir el requisito de haber visto to­rear a Gallito y a Belmonte para el ingreso como socio. La perspectiva histórica revela el acierto de la decisión, pues de otra manera el inexorable transcurso del tiempo habría terminado por acabar con este valioso referente para la afición.

No es aventurado afirmar que el conde de Colombí fue un enamorado de la fiesta, un aficionado constante que no cesó durante su larga vida en la tarea de profundizar en el conocimiento de la tauromaquia, en suma, un apa­sionado amante del toreo. Por ende, no extraña que esa entusiasta afición lle­gara a contar, entre sus muchas vertientes, la del coleccionismo. Gracias a ello puede disfrutarse en Alcalá de Guadaíra de un magnífico elenco de pinturas, cerámicas, carteles y otros objetos de diversa condición relacionados con el to­reo. En ellos el visitante debe ver y apreciar ante todo, por encima de la calidad artística de las obras, el esforzado y paciente fruto de la pasión por la fiesta de un aficionado ejemplar.

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Ex-libris para Franco de Fonzo

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Ex-libris para Jesús Cardeñosa

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Ignacio Sánchez Mejías - Fotografía de Marin

 El intelectual y el toreo

En verdad la afición a los toros del conde de Colombí no puede desligarse de su época. Es un hecho incontestable que de dicho tiempo puede decirse con ab­soluta propiedad, con Ortega y Gasset, que por cierto era también aficionado, que «opínese lo que se quiera sobre aquel espectáculo, es un hecho de eviden­cia arrolladora que durante generaciones y generaciones fue, tal vez, esa fiesta la cosa que ha hecho más felices a mayor número de españoles». En efecto, la fiesta era en aquel entonces el espectáculo de masas por antonomasia de una sociedad eminentemente agraria, que asociaba indisolublemente los toros con los acontecimientos festivos más relevantes del calendario. No debe sorpren­der, por consiguiente, su profundo arraigo en el pueblo, como es elocuente muestra la secular tradición taurina de Alcalá de Guadaira puesta de relieve con anterioridad, ni considerarse exagerada la observación, del mismo Ortega y Gasset, de que no puede entenderse sin los toros la historia de España desde 1650, por más que hoy día, desde hace varias décadas, el fútbol haya reempla­zado a los toros en las preferencias lúdicas de los españoles.

A la vista de lo anterior no puede asombrar la inclinación hacia la fiesta nacional del conde de Colombí, sin perjuicio de ser digna de encomio la exce­lencia de su afición, pues nació, creció y maduró en un ambiente que la tenía -pudiera decirse- inoculada, como parte consustancial de la propia identidad popular. Quizá por ello llegara a afirmar categóricamente Pérez de Ayala que los toros no podían morir, porque entonces moriría España. En la misma línea, el propio lema de la peña Los de José y Juan reza todavía así: «Que no se pierda el toro, que toreros los habrá mientras exista un español».

En cambio, merece subrayarse de manera particular el espíritu curioso con que el conde de Colombí se acercó a la fiesta nacional, ansioso siempre de penetrar al máximo en la totalidad de sus ricas y variadas facetas. En efecto, el conde de Colombí, hombre al cabo de vasta cultura y fina sensibilidad artísti­ca, supo trascender del ruedo, sin desconocer nunca la importancia de lo que allí sucede, a otras muchas vertientes de la fiesta. Si en alguna ocasión dictó una conferencia con el expresivo título de «¿Hoy se torea mejor que nunca? ¿Y de la lidia qué?», que evoca su condición de viejo aficionado eternamente año­rante de la Edad de Oro del Toreo, también fue capaz de disertar en otro mo­mento sobre «La fiesta de los toros y el número cabalístico», que se antoja un arduo y complejo ejercicio literario. Igualmente hay que destacar de manera especial el hecho de que en 1954 fundara la Unión de Bibliófilos Taurinos, de la que fue verdadera alma mater, con la finalidad de rescatar ediciones agotadas de libros raros y antiguos sobre la fiesta, que por su interés merecían ser re­impresas, así como publicar trabajos de investigación realizados por expertos documentalistas sobre la génesis de la tauromaquia y su verdadera historia. En el amplio listado de títulos editados por esta asociación se encuentran algunos con notas introductorias realizadas por el conde de Colombí, quien además colaboró con asiduidad en la Gacetilla publicada por la propia Unión de Bibliófilos Taurinos, con interesantes trabajos preñados de erudición (por ejemplo, El Cardenal Cisneros y los toros o Notas de mi archivo: ¿Alanceó toros el Cid Campeador?). En fin, no puede obviarse que el conde de Colombí desarrolló también una ingente labor de recopilación de obras artísticas relacionadas con la tauromaquia.

La Edad del Oro del Toreo, así como el período inmediatamente posterior hasta la Guerra Civil (incluido, por tanto, el conocido como la Edad de Plata del Toreo, de 1920 a 1930, como lo bautizó Corrochano), significaron los mo­mentos de mayor aproximación de la intelectualidad española a la fiesta de los toros. De la estrecha vinculación entre la elite de las letras, el pensamiento y el arte, de un lado, y el mundo del toro, de otro, dan fe de manera particular infi­nidad de sucedidos. Valga como botón de muestra la frase que repetidamente dedicaba, como rendido admirador, Vallé-Inclán a Belmonte: «No te falta más que morir en la plaza, Juan», a lo que el Pasmo de Triana respondía respetuo­samente: «Se hará lo que se pueda, don Ramón».

Por encima de la nota anecdótica, cabe constatar que la nómina de litera­tos, artistas y pensadores de aquel tiempo que cantaron, escribieron, glosaron, discurrieron, pintaron, esculpieron o reflejaron de cualquier otro modo en sus obras la fiesta nacional es realmente abrumadora: García Lorca, Gerardo Diego, Alberti, Bergamín, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Américo Castro, Pi­casso, Zuloaga y tantos otros. No hay duda, por ejemplo, de que una de elegías más bellas de la lengua castellana es precisamente el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de García Lorca. Los toros como expresión artística y al propio tiempo como parte consustancial del ser español: he ahí la dualidad que reflejaron estos hombres en sus obras, hasta el punto de llegar a sostener, en feliz expresión de García Lorca, que el toreo es probablemente la riqueza poética y vital mayor de España.

También el conde de Colombí fue, en su medida, un hombre de letras que se acercó a la fiesta para indagar más allá de lo acontecido en la plaza du­rante la lidia. En efecto, si se despoja de toda pretensión altisonante al término intelectual y se identifica sencillamente con la persona que usa la potencia de la inteligencia para adentrarse decididamente en el mundo del arte, en sus diversas manifestaciones, y del pensamiento, no puede sino convenirse que el conde de Colombí lo fue cabalmente. En particular, empleó todo el bagaje adquirido en su afanosa búsqueda de saberes en la comprensión y el entendi­miento del fenómeno de la tauromaquia como expresión artística y vital. En suma, el conde de Colombí mantuvo con el toreo una relación que no se limitó a la pasión del simple aficionado, sin desconocer que lo fue asimismo en grado superlativo. Al cabo, la fascinación por la fiesta nacional sentida a lo largo del tiempo por hombres y mujeres de honda formación humanística, que for­man verdadera legión, no puede causar sorpresa si se tiene en cuenta que, para quien quizá sea el más granado de ellos, Federico García Lorca, los toros son la fiesta más culta que hay en el mundo.

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Manolo y Pepe Mejías - "Bienvenida" (1925)

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Autor desconocido - Mazzantini. Brindis en la plaza, 1887 - Oleo sobre tabla. 30 x 25 cm

La obra representa el momento de lanzar la montera tras el brindis, previo a co­menzar la faena de muleta. El torero se encuentra cerca de las tablas y mira hacia los medios. Tanto el colorido como la factura del cuadro son de gran sobriedad, lo que aporta serenidad a la composición, en la que el matador es el protagonista absoluto, con notable atención al retrato.

 Las facciones del personaje y la cronología de la obra nos hacen pensar en que pu­diera tratarse de Luis Mazzantini, hijo de padre italiano y madre vasca, que nació en 1856. Tomó la alternativa en Sevilla el 13 de abril de 1884, con Frascuelo como padrino, lidiando al toro Costurero, de la ganadería de Adalid, y la confirmó en Madrid e129 de mayo del mismo año en presencia de Lagartijo. Fue considerado un torero «poco garboso» con el capote y la muleta, pero gran estoqueador y sobre todo sobrio y autoritario director de lidia; pero lo más llamativo de Mazzantini fue su personalidad: culto y de gran formación intelectual, con preocupaciones polí­ticas que le llevaron a ser concejal del Ayuntamiento de Madrid después de su ca­rrera taurina, hizo a la tauromaquia aportaciones tan importantes como el sorteo de las reses antes de la lidia, cuyo orden hasta entonces imponían los empresarios o los propios ganaderos.

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Autor desconocido - Alguacilillo, 1891 - Óleo sobre tela. 49 x 34 cm

El alguacilillo es uno de los personajes más pintorescos de cuantos participan en el desarrollo de la corrida de toros. Una pareja de ellos montada a caballo encabeza el «paseíllo» que da entrada a la plaza a los protagonistas de la lidia, representando lo que en siglos anteriores se denominaría «despeje de la plaza» y que tenía todo su sentido por desarrollarse el evento en un espacio público. Son representantes de la autoridad, personalizada durante la corrida en el presidente, en cuyo nombre entregan las llaves al encargado de abrir los toriles, transmiten las indicaciones necesarias a los participantes o entregan los trofeos a los matadores cuando se han hecho merecedores de ello. La vestimenta es propia de la época de Felipe IV.

Tal personaje es el protagonista absoluto de esta composición, resuelta en elegantes tonos plata, que junto a los notables contrastes confieren al cuadro una atractiva y serena luminosidad. No diremos que se trate de un retrato, pues la atención mayor del autor parece puesta en describir de manera preciosista la indumentaria, más que las propias facciones del individuo, que sin embargo sí que denotan claramen­te el carácter psicológico del momento. El alguacilillo está junto a la barrera en actitud de espera tras haber cumplido parte de sus funciones en el inicio del festejo, pero se trata de una espera tensa, con la preocupación reflejada en la atenta mirada hacia el lugar donde se está desarrollando la lidia, presto a intervenir en el instante en que fuese preciso.

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José Denis Belgrano Tienes que salir a la plaza, 1890 - Óleo sobre tabla. 32 x 51.5 cm

José Denis Belgrano (Málaga, 1844-1917) se entregó desde temprana edad a su vocación artística. Ya en 1862 marcha a estudiar a Roma, gracias a la ayuda de don Carlos Larios, marqués de Guadiaro. Fue profesor de la Escuela de Bellas Artes de Málaga, ciudad en cuyo museo se encuentra un buen número de sus obras. De estilo impresionista, sus cuadros presentan influencias de Fortuny, autor al que no conoció pero que siempre le interesó.

En estos parámetros estilísticos se desarrolla el cuadro que nos ocupa. Un picador ha sido probablemente derribado de su montura; en un patio anejo a la plaza, re­costado en un banco y a la sombra de una parra, le atiende una mujer que le ofrece algo de beber. Un alguacilillo le exhorta de forma expresiva a que vuelva a su tarea, mientras que en segundo plano un monosabio sujeta al caballo, que parece mante­ner la calma mejor que su jinete.

Todo ello está narrado con una pincelada suelta, que por momentos sólo esboza las formas, con predominio de las tonalidades doradas sobre las que destaca con fuerza la negra indumentaria del alguacil.

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Autor desconocido - Retrato de Francisco Montes « Paquiro», 1839 - Óleo sobre tela. 64 x 50 cm

La colección cuenta con un importante apartado de retratos de notable interés. Si entre ellos destacamos algunos como éste es, además de por su propia calidad, porque presenta una característica que se da con alguna frecuencia en este legado, la factura de la obra debida a dos manos distintas y por razones que no siempre son coincidentes. En este caso, resulta evidente que la cabeza del personaje está tratada con una pincelada suave y fundida, en una gama cromática breve y matizada, de manera que lo material no resta atención a los rasgos. Mientras que la indumenta­ria está resuelta de manera radicalmente distinta, con pincelada larga y empastada, escasa valoración cromática e intención de que en algunos sitios sea el propio relie­ve de la pintura depositada el que dibuje los adornos del traje. Aunque la intención del autor, desconocido en este caso, hubiese sido emplear este recurso para centrar toda la atención en el rostro, entendemos que la diferencia de estilos es excesiva y sin transición alguna como para tratarse de una misma mano.

Aunque no aparece en el cuadro ningún título o mención a la identidad del perso­naje, el parecido nos induce a pensar que pudiera tratarse de un retrato de Fran­cisco Montes «Paquiro», torero nacido en Chiclana de la Frontera (Cádiz) en 1804, discípulo favorito de Pedro Romero, fallecido en abril de 1851 por unas fiebres consecuencia de una cornada. Fue uno de los grandes lidiadores de la historia del toreo, dominador de todas las suertes y situaciones dentro y fuera de la plaza, que a decir de los entendidos podía ser «por momentos autoritario y sobrio como los rondeños o barroco y luminoso como los sevillanos».

Esta personalidad puede quedar perfectamente reflejada en la pintura, en la que la luminosidad del rostro centra toda nuestra atención para encontrarnos con la mirada, firme y decidida, fija en la nuestra, del retratado, cuya sobriedad queda remarcada por el fuerte contraste con la oscuridad del fondo.

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García Ramos (atribuido) Mujer torera, 1880-1890 - óleo sobre lienzo. 52 x 37 cm

Estamos ante una de las pinturas más interesantes de la colección, tanto por su evidente calidad como por su posible autoría, puesto que al ser restaurada apareció de manera bastante legible la firma de García Ramos.Tanto la belleza en el colori­do como la excelente resolución de algunas partes nos inclinan a pensar en que la obra está realizada por un artista de primera fila, como pudiera ser el propio pintor sevillano, si bien cierta ligereza en la manera de solucionar otras zonas nos hace dudar o pensar en una etapa inicial, en absoluto de madurez, del propio autor. No obstante la aclaración de esta atribución debe ser resuelta por especialistas en esta figura, mientras nosotros nos limitaremos a tratar el cuadro como parte, en todo caso destacada, de este legado de Colombí.

Se trata de una obra costumbrista, lenguaje en el que lucieron de manera extraor­dinaria autores sevillanos como el propio José García Ramos o Jiménez Aranda. Se representa a una mujer ataviada de torera, con chaquetilla corta, amplia faja a la cintura de color rojo al igual que el corbatín, sombrero al estilo bandolero y capote recogido sobre el brazo. Coincide que la figura femenina es con frecuencia prota­gonista de las composiciones de García Ramos, ya sea en escenas de fiestas de cante y baile, en ambientes taurinos o en asuntos más cotidianos.

La retratada bien pudiera ser la torera Marta Martina, conocida como «La Marti­ta», cuya alternativa como espada se produce en 1845, vestida a la manera francesa, según la describe Cossío. El escritor Antonio García Ramos, hermano del pintor, recoge en su libro «20 temas taurinos» palabras elogiosas que le dedicara Curro Cúchares al decirle «Martina, si lo que te sobra de valentía lo tuvieras de conocimiento de las reses serías tanto como yo».

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Salvador Viniegra - Mujer torera, 1885 - Óleo sobre lienzo. 51 x 33 cm

Salvador Viniegra y Lasso de la Vega nació en Cádiz e123 de noviembre de 1862. Inició estudios en Derecho, pero pronto se dedicó a su verdadera vocación, ingre­sando en la Escuela de Bellas Artes de Cádiz. En 1890 marchó a Roma con una beca para completar sus estudios. Algunas de sus obras fueron muy reproducidas, por lo que se convirtió en un artista muy popular y conocido en diversos países europeos.

Pero no sólo su trayectoria creativa es destacable, también su diversidad de facetas como persona especialmente culta y de gran formación en las artes en general. Fue director y conservador del Museo del Prado durante casi una década y en la última etapa de su vida realizó una importante labor como mecenas, especialmente de músicos, siendo él mismo un gran violonchelista, en la que colaboró con autores como Manuel de Falla. Murió en Madrid en 1915, dejando cuadros en colecciones como la del propio Museo del Prado, el Bellas Artes de Málaga o el de su Cádiz natal.

Centrándonos en su pintura debemos decir que utilizó con éxito diversas técnicas además del óleo, como la acuarela o el grabado. Destacó especialmente por sus obras de temática histórica y sus retratos; ambos caminos conducen a una manera de hacer muy descriptiva y preciosista, con gusto por el detalle, con un cuidado dibujo y una gran riqueza cromática. Todo ello se plasma de modo evidente en este cuadro, que representa a una mujer ataviada con indumentaria taurina y con un capote descansando sobre el brazo.

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Martinez de León - Alegoria taurina, c. 1918 - Pluma y tinta china sobre papel - Triptico de 58 x 99 cm en total 

Extraordinario dibujante, periodista gráfico y cronista de toda una época, Andrés Martínez de León nació en Coria del Río (Sevilla) e15 de abril de 1895. Realizó es­tudios en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, en la que desde muy temprana edad destacó por su capacidad para un dibujo nervioso y ágil, de gran expresividad, caracterizado por la economía de trazos. Comenzó su andadura en el mundo de la prensa escrita colaborando con El Noticiero Sevillano, invitado por su primer descubridor, don Juan Carretero Luca de Tena, entonces director de este diario. En pocos años trabajaba también para los periódicos madrileños El sol y La voz, así como para las revistas La esfera y Blanco y Negro.

Hacia 1920 creó el que fue su personaje más emblemático, « Oselito»,fina y genial encarnación del carácter y el pensamiento andaluz, a través de cuya mirada y sen­tencias realizó una aguda y divertida crónica de la España de la época. En la década de los treinta del siglo pasado se constituyó en dibujante fundamental del mundo del toro, publicando varios libros sobre este tema. Falleció en 1978.

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Autor desconocido Retrato de torero, c. 1840 - Óleo sobre lienzo. 62 x 47 cm

El retratado es un personaje, en principio sin identificar, vestido de torero. Si bien es éste uno de los casos de «repintes» que con alguna frecuencia se dan en la colec­ción, de tal manera que, al realizar la limpieza del cuadro, se apreciaba claramente que parte del pelo y las patillas eran producto de una pintura posterior, así como el cuello de la camisa, la corbata y la parte superior del traje de luces dejaban a la vista lo que parecía un alzacuello y un traje eclesiástico, por lo que podemos suponer que inicialmente se trataba del retrato de un sacerdote «reconvertido» a torero.

En cualquier caso, el análisis plástico de la obra nos indica un gran interés del autor por situarnos ante la psicología del retratado. El fondo oscuro envuelve el traje, mientras que la luz, que entra desde la izquierda del cuadro, ilumina de forma destacada el rostro, de piel muy blanca y rasgos finos. La mirada, severa y serena, se enfrentó un día a la del pintor y lo hace hoy a la del espectador, quien a través de ella podrá tratar de averiguar la vida que subyace tras esa expresión.

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Autor desconocido Cantando en la venta, 1850 - Óleo sobre lienzo. 82 x 61’5 cm

Obra de marcado carácter costumbrista, algo ingenua en la resolución pero primorosa en el cuido de detalles y en la elegancia del colorido.

La composición está probablemente basada en una litografía de Manuel Cabral Bejarano, de la colección «Costumbres andaluzas». Se representa una escena en el interior de una taberna en la que el único personaje femenino parece estar cantan­do, acompañada a la guitarra por un personaje vestido de picador, mientras otro ataviado de torero escucha embelesado y un tabernero, que está sirviendo unas copas de vino, parece haberse detenido para atender al cante; a excepción de este último, todos están sentados en torno a una mesa. La estancia está en penumbra; la única luz entra por un gran ventanal que da a un patio o plaza porticada.

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El quite, 1880 - Óleo sobre lienzo. 24 x 35 cm

Con un lenguaje claramente impresionista, el autor ha logrado captar un momen­to de dramatismo y gran revuelo en el transcurso de la lidia. El picador y su caballo, en plena suerte de varas, han sido derribados por el toro y al instante tres toreros ya se encuentran intentando el «quite», moviendo en círculo los capotes e incluso tirando del rabo del astado, para evitar que pueda cornear y hacer más daño a las víctimas. No se detiene la pincelada en ningún detalle ni en perfilar ningún rasgo; todo el interés del artista se centra en el conjunto, en el ambiente de la plaza y en transmitirnos el dinamismo, la urgencia y la respiración contenida que el momen­to significa.

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Francisco Navas Linares En peligro, 1880 - Óleo sobre cartón. 33 x 50 cm

La escena representa el momento en que el picador, en el suelo, se encuentra cara a cara con el toro tras haber sido derribado de su montura por la fuerza del astado. La pronta intervención de los subalternos que salen al quite parece a punto de atajar el momento de peligro.

El autor ha situado al grupo de personajes en la zona de sombra de la plaza, des­tacándolos en suave contraluz sobre la parte de sol; uno de los toreros, situado justo en el centro, es el único que recibe la luz directa y su traje refulge, por lo que se convierte en eje de una composición horizontal, de notable simetría, en la que el movimiento del toro al embestir y del caballo que huye parece reforzar la línea curva que separa la zona iluminada de la sombra. El colorido, basado en una sobria paleta de tierras y carmines, es de gran elegancia.

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Autor desconocido - Retrato del torero Rafael Pérez de Guzmán «el Bueno», 1830-1835 - Óleo sobre lienzo. 73 x 55 cm

Cierto es que este cuadro posiblemente no destaca por sus virtudes artísticas, pero sí es de interés por los sabrosos apuntes biográficos del personaje retratado. Rafael Pérez de Guzmán, apodado «el Bueno», vivió en el primer tercio del siglo XIX. En la obra aparece representado de perfil, con el rostro sereno y cierta melancolía en la mirada. La escasa materia pictórica con que el cuadro está realizado deja entrever el soporte en algunas zonas. El colorido está casi ausente, resolviéndose entre ma­rrones y negros, lo que no deja de dar un cierto halo de misterio al resultado.

El personaje nació en Córdoba en 1802 en el seno de una familia burguesa, los condes de Villamanrique del Tajo. Inició la carrera militar, con destino en el Regi­miento de Caballería de sede en Sevilla. Desde temprana edad se sintió inclinado por todo lo relacionado con el mundo del folclore en general y del toro en parti­cular; participaba en tientas y decidió ingresar en la Escuela Taurina que dirigía Pedro Romero, abandonando definitivamente el ejército. El 29 de mayo de 1831, encontrándose en la plaza de Aranjuez, «Paquiro» solicitó permiso para cederle a Rafael la muerte de uno de sus toros, llamado «Gascón», cosa que realizó de una celebrada estocada en la suerte de «recibir». Pocos días después hizo lo mismo con otro astado, «Serrano» se llamaba este; en el momento de armar la espada se le cayó la muleta, no queriendo agacharse a cogerla sacó un pequeño pañuelo que llevaba y ayudándose de él entró a matar. Tomó la alternativa en Madrid en ese mismo año de 1831.

El 23 de abril de 1838 se dirigía a la capital para una corrida en la que compartía cartel con «Paquiro» y «Rigores». A la altura de Guadalajara fue asaltado por un grupo de bandoleros y de resultas de la refriega que se originó perdió la vida. Sus compañeros de aquella tarde entregaron a la viuda los mil reales que le hubieran correspondido por su parte de la lidia. Sus restos yacen en el Monasterio de San Isidoro del Campo, de la localidad sevillana de Santiponce.

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Autor desconocido - Pelando la pava, 1850 - Óleo sobre tabla. 23 x 18 cm

 Esta obra pertenece a una sección dentro de la Colección Colombí que podríamos denominar «escenas goyescas o de fiesta». Tienen en común estos cuadros su ca­rácter claramente costumbrista, junto a cierta ligereza en la realización pero una gracia notable en las composiciones, en las escenas que describe, en la luminosidad de los colores o en la atención a los detalles.

En este caso se trata de una escena que llamaríamos «de galanteo». Un mozo ata­viado con traje corto campero está rondando a una joven que le escucha sentada en silla sevillana, con un jardín como fondo, tocada con un mantón y adornándose el pelo con flores. El caballo del pretendiente es el único testigo de la conversación.

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Toro con banderillas, 1923 - Óleo sobre cartón. 26 x 41 cm

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Toro con estocada, 1923 - Óleo sobre cartón. 26 x 41,2 cm

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Toro con estocada II, 1923 - Óleo sobre cartón entelado. 26,3 x 40,8 cm

Julián Alcaraz

Este pintor nació en Murcia en julio de 1876 y vivió hasta 1952. Se especializó abso­lutamente en la temática taurina, en coherencia con su gran afición por las corridas de toros. Con diecisiete años pintó su primer cartel dedicado a esta fiesta, con el que se anunció la temporada de Sevilla de 1893. Posteriormente realizó otros para las ferias de San Sebastián, Pamplona, Bilbao y Murcia.

Su pintura alcanzó un gran dominio técnico y dibujístico, admirado por otros ar­tistas coetáneos como el escultor Benlliure, a quien resultaba especialmente llama­tivo que Alcaraz acostumbraba a modelar en arcilla la figura del toro para mejor estudiarlo antes de pintarlo.

Este conjunto de cuadros, de los que la colección incluye algunos más, presenta al toro como único protagonista, en el campo o en distintos momentos de la lidia. El estudio anatómico del animal es en todos los casos excelente, con observación de las características que pueden diferenciar a un ejemplar de otro e incluso a una ganadería de las demás.

Para Julián Alcaraz el toro es el dominador absoluto del ruedo, difícil de doblegar aún cuando ya ha sido estoqueado. Refleja su poderío, fuerza y bravura mediante el dinamismo de la pincelada, el encuadre o la utilización del color.

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Autor desconocido - Reses cruzando el río, 1850 - Óleo sobre lienzo. 58 x 103 cm

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J.J.M - Reses a las puertas del Castillo, 1853 - Óleo sobre lienzo. 76 x 100 cm

Si en algo ha destacado Alcalá de Guadaíra en el mundo de la pintura ha sido en la representación plástica de los paisajes. Por ello no podemos dejar de traer a esta selección alguna muestra de un grupo de obras de la colección que denominaría­mos «Paisajes con toros».

Hemos elegido para ello estas dos hermosas panorámicas de carácter bucólico, evo­cadoras de una imagen romántica, más ideal que real, de la vida cotidiana. Entre luces anaranjadas, indicadoras de las primeras o postreras horas de sol, un grupo de personajes lleva a cabo su labor con el ganado, en una sensación de absoluta paz y armonía, en el marco de entornos bellísimos. La presencia de esos personajes nos ofrece la escala espacial, al tiempo que nos transmite la idea de paisajes vivos, en los que casi podemos oír los sonidos emitidos por los animales, el chapoteo en el agua o las voces de los pastores.

Ambas pinturas están resueltas en un lenguaje naturalista, con una escala cromáti­ca sobria y que ayuda a crear la sensación de armonía que el conjunto nos ofrece.

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Retrato con traje de luces, 1890 - Óleo sobre lienzo. 61,2 x 50 cm

Probablemente estemos ante uno de los mejores retratos que ofrece la colección; no en vano está realizado por un notable especialista en esta materia, el italiano Edgar Saporetti. Nació en 1865 y falleció en 1909. Realizó estudios en Roma, tras­ladándose posteriormente a Florencia donde obtuvo cátedra en la Academia de Bellas Artes. Cultivó principalmente el género del retrato, en el que alcanzó gran prestigio, de lo que dan fe las numerosas obras suyas que se conservan en museos italianos así como en colecciones privadas.

No hemos podido identificar al torero retratado en este caso, siendo significativos sus rasgos juveniles, que podríamos considerar cercanos a los de la etnia gitana o tal vez hispanoamericana. Tanto la pincelada, suelta y matérica, cuanto el dibujo, están manejados con gran maestría y dominio. El personaje está situado de «tres cuartos», aunque gira la cabeza y la mirada hacia el espectador. La elección del co­lor de fondo hace que predomine la entonación dorada en todo el cuadro, sólo rota por el negro de la montera, de la corbata y de los ojos del torero, que conforman el eje central de la composición. Si bien el retrato está trabajado de manera natu­ralista, la indumentaria tiene cierta concepción impresionista. La suavidad de los rasgos y la profundidad de la mirada tiñen la obra de un sereno misterio.


                                Catálogo

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La difusión de este catálogo la he llevado a cabo en aras de la defensa de la Fiesta de los Toros, al mismo tiempo quiero expresar mi mas sincera felicitación y agradecimiento al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra del cual el máximo representante es su Alcalde Antonio Gutierrez Limones y la actual Diputada de Cultura de la Excelentisima Diputación de Sevilla doña Guillermina Navarro Peco, que cuando tuvo la reponsabilidad de la Delegación de Cultura en el citado Municipio consiguio rescatar todo el Patrimonio y riqueza que contiene la Colección del Conde Colombí.

Esta Exposición ha sido un acto importante por lo que significa nuestra Cultura Taurina, y mas aún en los momentos en que se encuentra nuestra Fiesta de los Toros.   

DESPEDIDA DE MANOLO VAZQUEZ

DESPEDIDA DE MANOLO VAZQUEZ

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Han llegado a mi poder unos videos muy interesantes, siempre en mis tareas de investigación, en uno de los cuales me encontré con la grata sorpresa de la despedida en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Sevilla del insigne torero sevillano Manuel Vazquez Garcés “Manolo Vazquez”.

El cartel de aquella tarde del 12 de Octubre de 1983, fue un mano a mano también con el insigne torero madrileño Antonio Chenel ”Antoñete” ,siendo una tarde gloriosa y saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe. El video esta comentado por el mismo torero que analiza los momentos de la la lidia.
Ya todo es historia, no queriendo entrar en el análisis de su toreo ni establecer comparación alguna con otro genio del toreo sevillano como fue su hermano Pepe Luis. Tomó la Alternativa en la Real Maestranza, el 6 de octubre de 1951, siendo su Padrino: su propio hermano Pepe Luis Vazquez y por testigo a don Antonio Bienvenida, con el toro "perdulario", de la ganadería de Domingo Ortega.
La Confirmación fue en Madrid en la Plaza de Toros de Las Ventas el 7 de octubre de 1951, siendo su padrino padrino también su hermano Pepe Luis Vázquez y de testigo nuevamente don Antonio Bienvenida con reses de Bohórquez ocurriendo la desgracia de que el segundo toro de su lote, le hirió tan gravemente, hasta tal punto que no vistió de luces esa temporada.
Tuve la gran suerte de haber tenido amistad con su persona, al haber coincidido en varios actos institucionales y públicos.
Manuel Vazquez Garces nos dejo un 14 de Agosto del año 2005, el próximo mes se cumplirán cinco años de la desaparición de una gran persona y un gran torero que ha hecho historia en la tauromaquia.
 

 

Vayan estos videos en su memoria.

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REFLEXIÓN TORERA

REFLEXIÓN TORERA

 

 

Hace años, a principios de la década de los noventa, el pintor Paco Jiménez natural de la Puebla del Río, desgraciadamente desaparecido, solicito a su amigo Antonio Badia también pintor, que le ayudara a montar una exposición en el pueblecito de Palomares del Río. Antonio Badia solicitó mi colaboración en la ayuda a la cual no me negué.

Una vez montada quedó de un preciosismo exuberante al unirse el lugar escogido, que no era otro que un antiguo molino de aceite, con la maravilla de los pinceles de este gran pintor.

Fue visitada por un gran numero público, pero una mañana y estando el lugar solitario, apareció un mozalbete moreno con el cual entablamos una animada conversación al ser presentado por el autor de las obras expuestas por ser su paisano, que nos comentaba que era un gran aficionado y que tenia en el pensamiento el ser torero.

Pasado el tiempo y una vez visto en los carteles, me di cuenta que era aquel zagalón de la exposición y se llamaba José Antonio Morante, artísticamente conocido como “Morante de la Puebla”

Guiado por mi curiosidad le seguí su trayectoria y del mismo momento que lo vi como novillero en mis adentros sentí algo extraño, aquel joven novillero de aspecto bohemio me cautivó a la hora de hacer su toreo con la suerte de capa, era algo inverosímil y más aún cuando esta por desgracia se prodiga poco pasando al tener mas protagonismo la de muleta.

La lentitud de su toreo, el marcar el compás, la apertura del despliegue de la capa y su posición ante el toro era y sigue siendo magistral. La composición estética de su figura, con la barbilla pegada al pecho es una obra de arte para llevarla a un lienzo.

Sevilla vuelve a tener su torero, con la desaparición de Curro Romero la afición sevillana no ha quedado huérfana del toreo elitista de la cual es ferviente admiradora.

Que casualidades a veces nos depara la vida, al poco tiempo de la exposición falleció Paco Jiménez, no pude visitar su estudio como tantas veces me insistió y aquella mañana conocí personalmente al que hoy en día es una gran figura del toreo.

Hace poco tiempo mi gran amigo “El Lolo de Triana” torero retirado y en la actualidad ganadero, siente una profunda admiración por él viéndose de vez en cuando al tener su casa de Campo cerca de la Puebla del Río, y recomendándome que cuando quiera podemos ir a verlo, pero no soy persona de visitas inoportunas y más aún sabiendo del carácter de Morante, hombre tímido e introvertido y no dado a la popularidad y estar más en la creación constante de la perfección de su toreo.

Los alumnos de Primero de Realización 2008-2009 del Instituto Néstor Almendro de Tomares (Sevilla) ha realizado este reportaje que podéis ver, así como su actuación del Feria de Sevilla del pasado año 2009.

TRÁGICA MUERTE DE JOSELITO EL GALLO

TRÁGICA MUERTE DE JOSELITO EL GALLO

 

En el día de antesdeayer 16 de Mayo se cumplieron noventa años de la desaparición de un gran torero llamado José Gómez Ortega “Joselito El Gallo”.

La desgracia de Talavera de la Reina supuso en el mundo del toreo una conmoción; hasta tal punto que marcó un antes un ayer en el mundo del toro.

Sirva los documentos expuestos en este medio, como el recordatorio a un gran torero y a su vez como reivindicación individual de los momentos en que se encuentra nuestra Fiesta en algunos lugares de nuestro territorio peninsular, queriendo dejar aparcado todo un cultural proceso histórico, tirando al saco de los papeles, la papelera, un cúmulo de hechos para dejar de ser quien somos.

El transcurso de la Historia moldea los pensamientos y forja caracteres, elevando a las personas de cierto lugar o pago. Esperemos que este disparate no se consolide y volvamos a la razón de que la Fiesta de los toros en la Comunidad Autónoma de Cataluña es parte indivisible de su Historia.

En los videos expuestos de mi archivo personal, podemos observar como los realizó “Producciones Regia Art Film – Barcelona” Una Productora de la Ciudad Condal de los años veinte con motivo de su muerte y que hoy en día se considera antitaurina.

La Revista la Lidia de fecha 25 de Mayo de 1920, en su pagina 19 aparece la siguiente crónica que transcribo. Es la fotografía que ilustra este articulo. Vayan estas humildes letras para el recordatorio del que fue un gran torero y la modesta reivindicación solidaria con la afición taurina catalana.

 

LA TRÁGIGA SONRISA

¡Hasta luego, José¡

Al gran aficionado Ventura Bagúés, mi fraternal amigo, en la más triste ocasión que vieron los siglos del toreo.

 ¡Joselito ha muerto! ¡Y le ha matado un toro! No lo creíamos, no queríamos creerlo; pero la triste realidad se impuso. Aun ahora nos parece imposible; pero es verdad. ¡Pobre Joselito!

El, que todo lo podía y todo lo hacía y todo lo dominaba con su arte y su valor, sin esforzarse, sin hacernos sentir la sensación del peligro, ha muerto en las astas de un toro.

Llegó a la cumbre de su arte; fue el torero más grande que ha existido; todas las maravillas de la tauromaquia tuvieron cabida en la historia de Joselito Maravilla, quien nos proporcionó todas las sorpresas que podíamos recibir en el toreo, hasta la inesperada y cruel de esa muerte dolorosa y aciaga, tan brutal como absurda.

Yo he visto sobre la mesa de operaciones, en la enfermería de la plaza de Talavera, el cuerpo inanimado de Joselito, frío, rígido, yerto, y no podía creer que me hallase en presencia de un cadáver.

Tenia el rostro de un color amarillento, de un moreno pálido. Los rebeldes cabellos, ensortijados y alborotados resaltaban con su negrura sobre la palidez satinada de la piel. En el cuello y en los hombros aparecían como extensos cardenales, las peculiares manchas cadavéricas, La expresión del semblante era tranquila y serena, de una placidez asombrosa.

No me será fácil olvidar la impresión que me produjo la serenidad angustiosa de aquella cara. Los labios blanquecinos, parecían sonreír de un modo inefable. ¡Trágica sonrisa l

En aquella triste y fúnebre estancia, Joselito el Gallo era el único que denotaba en la expresión la tranquilidad del espíritu. Me hizo el efecto de que se mostraba satisfecho de sí mismo, como un triunfador.

¡Triunfador! ¿De qué? De todo, menos de la muerte. Quizás de la muerte también...

¡Oh! Pocas horas antes, aquel cadáver era un ser lleno de vida, un ser todo juventud, pletórico de fuerza y agilidad, sobrante de salud y de alegría. ¡Infeliz Joselito!

Fue un hombre de suerte muy desgraciado. No hay en esto contradicción ni paradoja. Joselito tuvo la suerte de llegar en lo suyo a cuanto se podía; gloría, popularidad, riquezas, todo lo consiguió pero tuvo la desgracia de morir trágicamente en la flor de la edad, sin ver realizada la mayor de sus ilusiones, lo que constituía el ensueño de su vida.

Joselito se hallaba locamente enamorado de la hija de un famoso ganadero.

Pensaba retirarse dentro de un par de años a lo sumo, pues si grande, muy grande, era su afición a los, toros, mayor era la inclinación amorosa que latía en su pecho. Una cornada cruenta vino a tronchar en flor las ilusiones del infortunado lidiador. ¡Triste destino!

Escribo estas cuartillas sin orden ni concierto. Llevo más de cincuenta horas sin dormir. No puedo desechar la impresión de estas horas amargas ¡Aquella enfermería de plaza de pueblo, miserable y trágica!... ¡Aquel cadáver que sonreía¡...

Conservo un recuerdo del desdichada José, a quien tuve por amigo. Nadie más que yo pudo ver, en la fonda, el traje grana y oro que llevaba el diestro, De la casaquilla corté, un alamar, y de la taleguilla un trozo de forro del sitio preciso en que recibió la mortal cornada. Este pedazo de tela está manchado por el iodo de la cura, pues no sangró ni gota. Tengo los recuerdos ante los ojos, y ellos me traen a la memoria el cadáver sonriente de Joselito ¡Pobrecillo!

Con el féretro que lo guardaba vine a Madrid desde Talavera. Y tras el féretro marché al entierro del cual me separé en el Prado, después de lanzar una última mirada de despedida a a la caja de plata. Allí dentro iba el pobre José, tan joven, tan desgraciado. Pero tengo la seguridad de que sonreía. ¡Siempre igual!

¡Adiós, Joselito! Ya no volveremos a verte. Te acabaste para el arte y para los hombres, tus enemigos ya no te odiarán; tus amigos te llorarán largo tiempo ¿Cuándo volveremos a encontrarnos, si es que ya no ha de ser eterna la separación.

¡Qué vida ésta! ¡Qué perra y maldita vida! ¡ Hasta luego, José ¡ Mientras los años transcurren y llega ese luego lleno de misterio, en que quizás hemos de reunirnos todos, descansa en paz. ¡Hasta luego!

Luis URIARTE

 

 

PUERTA DEL PRINCIPE

PUERTA DEL PRINCIPE

Ha terminado la Feria de Abril, se nos fue la Semana grande de Sevilla, una semana efímera llena de ilusiones, Se nos fue y para aquellos enamorados de ella empezaran a contar los días que faltan para la que viene.
Pero hablemos, mejor dicho, escribamos de toros, ya que a mí al menos es lo que más me interesa, al ser un feriante más taurino que del jaleo y el bullicio sano que durante una semana, acompañado del duende del ruido se pasea por el Real.
A fuerza de ser sinceros tendremos que decir que este año la Feria taurina ha terminado decorosamente. Son pocas veces la que se abre la Puerta del Príncipe.
Y es aquí donde quiero hacer una serie de consideraciones acerca de la afición taurina y muy en particular la de Sevilla.
Se la podrá criticar que sea poco exigente, pero en honor a la verdad, en los tiempos que corren, no se tiene más remedio, por el bien de la fiesta, actuar de estos modos y formas, aunque esto viene de antiguo, ya que la forma de entender el toreo de las gentes del sur es muy distinta a otros pagos o lugares del territorio taurino.
Cierto que somos más toreristas, que toristas, me incluyo, es decir que estamos más en la ejecución del torero artista, que en la solicitud de toros grandes - siempre estos ajustados con lo que marca la normativa Reglamento taurino - Pero ¡OJO! Con esto no quiere decir que no se exija, y tal vez, en más de una ocasión más de la cuenta, y por otra parte en contadas ocasiones exigimos poco entregando nuestras almas encendidas a una faena de arte, aunque sea poco lo toreado, simplemente cuando han aparecido unos pocos destellos de la luz del preciosismo y del bien hacer torero, quedamos convencidos, olvidando que hay que lidiar al toro en su totalidad, razón de gran importancia para llevar a cabo una gran faena.
Esta reflexión viene muy acorde con lo sucedido en la Feria Taurina de este año. Han triunfado dos toreros totalmente distintos en sus formas de hacer el toreo, si bien uno de ellos que no es otro que Julián López “El Juli” me ha sorprendido gratamente al estar ya lejos de aquel niño prodigio que lo catapultó a la fama de inmediato. Su toreo, el de ahora, es más despacioso, más acompasado, tal vez como se suele decir la veterania es un grado, aunque joven ya lleva años de matador de Toros, en definitiva su toreo ha evolucionado, para entrar dentro de un clasicismo destinado a los toreros de arte. Su cerca ya de doce años de alternativa le han hecho ir alejándose de la fogosidad torera de sus principios infantiles y juveniles, era un niño cuando ya destacaba del resto de sus compañeros, siendo la actualidad en torero hecho como lo ha demostrado este año en la Real Maestranza al salir por la Puerta del Príncipe.
El otro triunfador ha sido José Maria Manzanares, que a pesar de tener que entrar en el quirófano una vez finalizada su actuación en la Feria, afortunadamente no por cogida sino para la operación de una hernia discal, de la cual las ultimas y recientes noticias ha salido perfectamente, no se quiso perder estar en los carteles de Sevilla teniendo que actuar infiltrado, lo que viene a engrandecer su profesionalidad.
A los pocos días de su actuación le comentaba a Curro Puya, sobrino de aquel torero legendario que fue Francisco Vega de Los Reyes “Gitanillo de Triana” que pudiese ser mejor que su padre, a lo que me comento, con rotundidad torera, “mejor no, diferente” y cierta era su afirmación, ya que José Maria Manzanares es un joven torero que trae en sus genes la interpretación de toreo, teniendo una personalidad propia y muy bien definida.
No voy a entrar en detalles de cómo se desarrollaron sus triunfos, ya que no estoy con lo que escribo en la critica taurina y que por todos los medios de comunicación taurinos han dado la debida cuenta.
He tratado de hacer unos apuntes muy objetivos de cómo he visto la Feria de Abril, sin dejar de reconocer que habido otros detalles de gran interés, pero en definitiva estos dos toreros han sido los triunfadores de la Feria de Abril de Sevilla y hasta uno de ellos saliendo por la Puerta del Príncipe algo que sucede pocas veces.
Para mejor comparación de su toreo, vean unos videos de estos dos grandes toreros en la Feria recién terminada.




CAIRELES

CAIRELES

Metido de lleno en las Fiesta Navideñas, recibí la grata noticia de tener en mi poder la única Revista Taurina editada en Barcelona que no es otra que CAIRELES, esta atención  ha sido debida a la gentil delicadeza de la que es su Director Fernando del Arco, prestigioso aficionado, escritor y coleccionista de libros taurinos.

La verdad sea dicha que esta para mi ha sido un gran regalo, ya que había oído hablar de ella, pero no había tenido la ocasión de tenerla en mis  manos al estar un poco desconectado con la afición catalana.
Este número 28 correspondiente al mes de Diciembre 2009 ha tomado un nuevo rumbo en lo relativo a su formato, conteniendo un gran calidad de impresión, así como de su contenido que en definitiva es lo más importante y más aún  los momentos actuales  que corre la Fiesta de los Toros en la Comunidad hermana de Cataluña. 
De su extenso repertorio destaco por la profundidad de su contenido, la conferencia de Jordi Grau Solá dada en la Universidad CEU de San Pablo de Madrid en su aula de tauromaquia. Que gran conferencia, espero que con argumentos de tal categoría los politicos catalanes sabrán y podrán tener los conocimientos suficientes del sentir hondo y profundo de una gran parte de sus ciudadanos a lo hora de legirlar a favor o en contra de la Fiesta de los toros. 
Desde aquí quiero expresar mi mas profundo agradecimiento a Fernando del Arco por la atención recibida de tener en mi poder esta revista que ha de jugar un papel importante en los momentos actuales y animar a toda la afición catalana a que se expresen pacíficamente  con todos los medios que tengan a su alcance.

PAPA VULL SER TORERO

PAPA VULL SER TORERO



Aquella mañana, fue diferente a todas, después de un día ajetreado de Reyes embargado por las ilusiones de los regalos, el padre quedo sorprendido ante el deseo que le manifestó su hijo. El niño se dirigió a su
padre y mirándolo fijamente a los ojos le dijo: 
¿Papá quiero ser torero? 
El padre quedó atónito, no sabia que responderle. 
Inmediatamente, como un rayo de luz pasó por su cabeza todos los avatares de las sinrazones de aquellos que dicen ser defensores de los animales y que periódicamente se manifiestan queriendo prohibir la la Fiesta de los Toros. 
De inmediato y pausadamente con ternura le contesto: 
Mira hijo, no corren buenos tiempos para esta Fiesta, existen algunos, no muchos, que haciendo uso de un desconocimiento absoluto de lo que es el toro bravo y muy en particular de nuestra historia, se han empeñado en prohibirla ¡Si! ¡En prohibirla! confundiendo los conceptos de libertad y tratando de coaccionar los pensamientos de muchos y muy en particular una persona que debido a su fracaso político y haciendo uso de un protagonismo desmedido ha hecho una causa de algo tan serio, argumentando que al toro bravo se le maltrata. Esta persona y todos aquellos que la siguen olvidan a otros animales que están mucho más maltratados que el toro bravo que desde que nace se cría en libertad con unos cuidados exquisitos. Porque aquí la libertad se ha mal entendido, si a mi no me gusta la cuestión es prohibirla. 
Hijo tengo la esperanza que todo este batiburrillo que han formado no prospere y en la conciencia de aquellos que está en su poder tal decisión sean lo suficientemente inteligentes para no llevar acabo tamaño despropósito, ya que incluso desde la prensa extranjera se han puesto las manos en la cabeza. 
Esperemos que estos señores,  que no son otros que los políticos, se dejen de tirar los trastos a la cabeza, y atiendan con un razonamiento justo que lo que solicitan al Parlamento de nuestra Comunidad, esta serie a mi entender de equivocadas personas, no prospere. 
¿Papá, entonces no voy a poder ser torero? 
Si tu quieres y tienes suerte, porque es una profesión muy complicada, ¡Si! ya que si se prohíbe aquí en Cataluña en la mayor resto del territorio peninsular no lo van a prohibir, hasta tal punto que en Andalucía van invitar a los parlamentarios catalanes para que estén informados llevándolos a las dehesas donde se cría el toro bravo y vean con sus propios ojos como se cuida y al tiempo que le van a recordar la cantidad de puestos de trabajo que genera esta fiesta y también los vascos van a aprobar un nuevo Reglamento taurino para evitar que suceda lo aquí está pasando.
Así hijo que no te preocupes que yo espero y tengo la confianza que la Fiesta Taurina y no Nacional, que también hay algo de esto por mor del independentismo, no prospere lo que piden ya que no tiene lógica ni razón alguna.
El niño quedó conforme y con su ilusión de querer ser torero.
El día de Reyes pasó y sus ilusiones siguen intactas.

GITANILLO DE TRIANA “ESENCIA DEL TOREO TRIANERO”

GITANILLO DE TRIANA                                   “ESENCIA  DEL TOREO  TRIANERO”

El día 23 de Septiembre del año de 2003, se cumplieron cien años del nacimiento de  “Curro Puya”, si bien algunos cronistas de la época dan como fecha de su nacimiento el 23 de Diciembre del año 1904, no obstante damos como valida la que aparece en el epitafio de su panteón. “Curro Puya” fue el apodo  con  el que  se  conoció a Francisco Vega de los Reyes, en su barrio de Triana  para  después romper  artísticamente  con  el  seudónimo de “Gitanillo de Triana”. Pienso que es de justicia un reconocimiento público, por muchas razones, una de ellas, la más importante, al menos para mí, que no quede en el  olvido un torero trianero que fue el precursor de una dinastía, y algo fundamental, que al morir muy joven no quede perdida su memoria en los caminos del tiempo todo el arte que atesoraba, y lo que representó en nuestra reciente historia del toreo.

Su personal estilo de torear fue algo inimitable, gran personalidad y enjundia la de su toreo. Torero carismático, hondo y profundo, cautivó a la afición durante su corta carrera artística. Castigado por los toros, no fue un torero de suerte, se ensimismaba con el toreo; estaba más en su genial creación que en la lidia, es aquí donde estriba la diferencia, sin lugar a dudas fue un torero de arte, no un lidiador, esto ocasionó que en la desgraciada tarde madrileña del 31 de Mayo de 1931, el toro de nombre Fandanguero, de la ganadería de don Graciliano Pérez –Tabernero acabara con su vida en plena juventud.       

Su toreo estaba lleno de enjundia y duende, toreo despacioso y acompasado, muy  especial  con  la capa, con  las  manos bajas, hasta  el propio Gregorio Corrochano, crítico taurino de su época le llegó a peguntar: “Gitanillo, ¿Se te para el corazón cuando toreas? dejando escrito  en un articulo del diario ABC, en el que afirmaba que “toreaba tan lentamente, de modo tan pausado que, a veces, parecía que detenía el tiempo”.

Curro Puya, fue  un  torero de sentimiento  hondo y  profundo, a  la misma vez que  una persona  afectuosa, buena  y sencilla  que  ayudó a  muchas gentes de su barrio  de Triana, siendo  un  gran admirador de Juan  Belmonte, del que se confesaba ferviente admirador.

 “Gitanillo de Triana”, para  las gentes  de  su barrio Curro Puya, fue un torero de embeleso, de  arte, tal  vez es  aquí donde  radicaría, a parte de su mala suerte, tantas cogidas, no  lidiaba, se ensimismaba, se  metía dentro de sí, creando  una  catarsis de belleza, de  estética  y de  conjunción  plástica imposible  de imitar, pensamos que  se olvidaba  del  peligro que  encierran  los toros, porque  estaba  más  en la creatividad y en la esencia grande su toreo.  


Que triste tarde aquella

que te cogió Fandanguero

está de luto Triana

               se quedó sin el requiebro

               de la gracia del toreo.


               Triana lloró  de pena

               la Cava quedó callada

               Triana  en silencio

               llorando la muerte

              de un gitano torero.


              Doblan, tañen las campanas

              Sant´Ana toca a duelo

              la Plazuela está callada

              por la muerte de un torero.


             Te fuiste al alto cielo

              por culpa, por la culpita

             de un torito negro

             negrito como la pena

             que triste tarde aquella

             que te cogió Fandanguero


             La Estrella  enlutada

             llorando está de pena

             al no hacer el paseíllo

              un torero de la Cava

             de nombre Gitanillo.

            ¡Si! Gitanillo de Triana

            que un día te pusieron

            ya no esta con nosotros
    
            está toreándole a Dios

            en los altísimos cielos.