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CRUZANDO EL PUENTE

GITANITA

GITANITA

Relato breve 

Han pasado años, muchos años, en mi memoria está aún presente aquel imborrable recuerdo del color de tu cuerpo, de tus pechos de pezones hirientes, de tu contoneo en el andar, de tu pelo negro como el azabache. Siento en mis manos el calor del contacto con tu piel morena, en mi retina aún está tu serena mirada que me encandilaba y encendía mi alma alimentando el fuego de un enamoramiento que desde niño prendió y alimentó la llama que ha sido el sustento de toda la ilusión de una agitada vida, encontrando en ti el consuelo fértil de la felicidad soñada.
Un día el graznido de un negro cuervo espantó a los pájaros cantores que con sus trinos lanzaban al aire los pregones de la libertad añorada, sembrada en la besana con el sacrificio de la sangre derramada que regó y alimentó los veneros de las creencias imperecederas que son el alimento, el pan, comunión diaria de la vida.
Está ausente el perfume de tu amable compañía, no puedo mirarme en el espejo de tus ojos negros de una viveza encantadora, no oigo tu palabra evocadora de sueños, pero en lo más hondo de mi alma siento el encanto de tu carácter envuelto en los ademanes de tus gestos, transformados en la compostura de tu baile.
Miro el horizonte de un oscuro pasado y veo como la alegría embarga toda mi alma al comprobar que el tiempo no ha mermado en absoluto la grandeza de tus comportamientos engendrados por la luminosidad del sol caliente y la salinera claridad de las tierras del sur, de ese sur que acaricia con el murmullo de olas, las arenas finas de playas majestuosas de paz y tranquilidad que paren el carácter hondo y sentencioso de un saber milenario.
Parto venturoso el de tu baile que enamora y cicatriza las heridas de los desconsuelos con tu creatividad plena de belleza pura y natural, tu fuerza expresiva rompe fronteras abriendo caminos de esperanzas e ilusiones que me da la fuerza necesaria para defender las creencias sencillas y nobles de nuestra verdad, esa verdad en la que cree todo el generoso ser humano que lo aparta de vanidades y de egoísmos para alcanzar metas venturosas llenas de tolerancia y comprensiones benefactoras. Baila, baila gitanita de pechos de piel morena, negros como la pena, calientes co
mo el fuego abrasador que me anima a seguir caminando por la vereda tortuosa y angosta de la vida, plena de matojos espinosos que hieren los sentimientos profundos de mi ser.
Aún pulula por mi mente aquella noche abrileña de embrujo, contagiado por el aroma del azahar de un limonero que majestuoso y señorial nacía en el trono de su arríate que daba bienvenidas inquebrantables de olores a los llegados; que sarao aquel en la oscuridad de un atardecer, donde el patio era un palacio musical y escuché por primera vez el murmullo de la guitarra que como agua clara de los arroyuelos hizo volar a musas inspiradoras con el tañer de sus cuerdas embrujadas con las manos hábiles y enduendadas de un sentir. Eco sonoro y hermoso que mi hizo correr por las mejillas el agua salada de una emoción no contenida, dándole sueltas a las riendas de la pena y de la alegría, madre paridora del cante y el baile.
Cante, toque y baile, Santísima Trinidad del flamenco, los tres una misma persona, como el Dios de Judea, él que será eterno, crucificado en la cruz de las incomprensiones de una música a la que muchos hieren con su lanzada certera y otros venden su túnica de color púrpura en el mercado, mercachifles de lo superfluo, lo vano e intrascendente.
Negros, profundos ojos negros, como el pozo de las penas; negro, pelo negro del color del azabache, melena suelta al aire como bandera que ondea al viento; pechos cimbreantes como las espigas en los trigales; cintura como el atado de un ramo de rojos claveles; tez morena como la sombra de un mágico hechizo; blancos dientes de marfil y voz cantarina. Que recuerdo el de aquel agonizante día y mágica noche que enloqueció mi alma reafirmándola en mi enamoramiento, pasión encendida que iluminó la oscuridad de mis caminos llenos de desasosiegos y desesperanzas.
Correrías y vuelos por los callejones, con tu jaba al hombro, donde guardaba los cantes, las penas y las alegrías; bailes y cantes, unas veces la risa y otras el lloro y entre tus manos un pañuelo blanco y limpio como tu pureza y sentí el aire en mi cara que traía la gracia y el salero de las bahías y los esteros y en mi soledad humana sentí los fandangos de Huelva la serrana y te quedaste tan sola que te escuché por soleá, ¡ Si! por soleá de Triana y de Alcalá, y te vi bailar y te oí cantar hasta las altas horas de la madrugada.
Cuando el otro día te vi de cerca, en un atardecer oscuro y lluvioso, mis ojos se encendieron y no pude evitar que mis lagrimas se deslizaran por mis mejillas rugosas, pasaste por delante de mi despacito, como una suave brisa que acarició mis recuerdos.¡ Sólo! ¡ Otra vez sólo me quedé ! en la soledad despiadada mi vida, llena de desencantos e ilusiones desvanecidas. Embargado por la emoción tuve que buscar el cobijo de un banco solitario, rodeado de hojas caídas como los años de mi vida, en compañía de inseparable cayado, ese que calla y me ayuda en silencio para seguir mi lento andar por calles y plazas.
¡ No me has mirado! ¡ No me has dicho nada! ¡ No me has reconocido! ¡ No se ha dado cuenta! Iría ensimismada con sus pensamientos de amores, de nuevos amores.
Se ha echado la noche, la bruma con su manto húmedo cubre la plaza, los árboles tristes lloran, mi chaqueta raída se encuentra húmeda, mis manos temblorosas y frías, aquellas que un día tuvieron el calor de un cuerpo esbelto están dormidas, sólo despiertan con el recuerdo del tacto de una piel morena.
Fiesta y alegría, cante y baile oigo en la lejanía, suena una guitarra, oscuridad en los callejones, sombras que quieren que el cante calle, afilados cuchillos lo acechan , presos están los sentimientos en la cárcel del temor y el miedo, ángeles guardianes de voces están en vela, celosos custodios que otean los horizontes infinitos de las penas y las alegrías, fuentes y venero del cante que una vez acrecentada la torrentera no hay diques de intolerancias e incomprensiones que lo pueda detener y nacen coplas y cantares nuevos como los amaneceres frescos de las creaciones plenas y constantes de sentirse en flamenco, de expresar lo más hondo de un alma indómita y rebelde que se cobija en la sala sacramental de lo más profundo de nuestro sentir.
Con mi lento caminar recorro las calles, con mi paso cansino llego al que ha de ser mi refugio, al entrar en el portal una luz mortecina es lo único que alumbra, en el centro del patio veo un limonero añoso, todas las puertas del corral están cerradas, la mayoría de ellas cerradas para siempre, aún queda en el empedrado suelo las negras huellas de las encendidas candelas, aquellas que alumbraron anocheceres plenos de cantares y coplas. Despaciosamente subo las escaleras, peldaños gastados, hollados por tantas pisadas de años; mi sala está solitaria, falta el calor de la compañía, siento frío, un frío interior incontrolable, me reconforto en el pequeño brasero, quedo pensativo y escucho el ruido ensordecedor del agua que cae de las canales sobre el patio y me distrae saliendo de mi ensimismamiento.
El frío pasa, pero los recuerdos siguen machacando en mi cabeza, como el martillo en la bigornia, moldeando los hierros de las alegrías vividas, nostalgias imperecederas que me dan ánimo para seguir viviendo, me abrazo al cante, esa música que es lamento, pena y alegría, ese fuego imposible de apagar por las grandes olas de los océanos y mares de las incomprensiones. El cante es la luz que me guía por los caminos, faro que ilumina los senderos, hijo de desheredados y gente plebeya pero a la misma vez patricia solemne y bella música imposible de imitar, porque es la palabra de corazón pleno de sabiduría musical.
El cante es la conciencia de un pueblo, el que llevo dentro de mi, sin el que no puedo vivir. El cante es marea, viento y brisa, es desconsuelo, es desamor, es llanto compartido, es el alimento de mi espíritu.
Ha dejado de llover, todo está en silencio, por mi ventana asoma un tímido rayo de luna que ilumina la negra oscuridad de mi habitación, las estrellas descorren las cortinas nubosas y aparecen con su tintineo acompañadas de una imaginaria música de cascabeles.
En el oscuro silencio de la noche quedo sorprendido, oigo en el patio el tañer de una guitarra, no me lo creo, desconfío, puede ser un sueño, ¡ No es verdad ! escucho una guitarra y un cantar, es ella, está en el patio, abro la puerta y me asomo al corredor, mis manos se aferran al barandal frío y mojado y veo con mis propios ojos que cantan y bailan ¿ Quien son ? ¡ Son ellos! ¡ Los duendes de mi juventud! no los conozco, están encapuchados, ¡ Vienen vestidos de negro ! ¿Que traen en las manos? ¡No son crótalos y panderos! ¡Ya se van! ¡Se marchan!
¿A donde irán? Creo recordar esas figuras vestidas de negro, hace tiempo, cuando recorrí unos negros túneles de tinieblas donde los hermanos discutían y derramaban su sangre, ¡Qué barbarie aquella! Me tuve que ir a tierras lejanas ¡Qué de incomprensiones! Perdí todos los amores de mi vida, sentí un vacío en mi alma que no he podido llenar.
Ha dejado de llover, la noche fresca y húmeda está iluminada por las estrellas en el cielo y una luna llena que bosteza de cansancio al haber querido estar siempre presente para darme alguna compañía, me retiro a descansar en mi cama maltrecha y descuidada, no encuentro el sueño, sólo los recuerdos que me atenazan.
El día amaneció luminoso, estaba limpio, vestido de azul añil, inmaculado, sin mancha alguna, estaba acicalado para la espera de su amante Primavera. Las pocas macetas del patio, cuidadas con delicadas manos, estaban frescas y olorosas, aún conservaba su suelo mojado, herencia dejada de la noche pasada y se desperezaba secando su rostro con una suave brisa de rizos. Algunas puertas estaban entreabiertas dejando entrever sus cortinillas modestas. Empecé mi peregrinar diario por calles y plazas, un gentío bullicioso corría agitado, lleno de prisas, siempre las prisas, no se conoce nadie, ni unos amables buenos días siquiera ¡Cuantas costumbres y modales perdidos! nadie se detiene, te empujan y ni un perdón agradecido.
¿En donde están las tertulias vespertinas y matutinas? ¿En donde está esa charla íntima y agradable que te reconfortaba? Aquellas que eran signos de convivencia y fraternidad que propiciaba esa ayuda mutua y necesaria que es la solidaridad entre todos los hombres concepto esencial de la libertad.
Estamos llevado de la mano por un mundo de prisas y conciencias materiales, donde florecen, en este jardín de la vida, egoísmos y envidias como la mala hierba que hacen marchitar la flor olorosa del amor puro y digno, síntoma inequívoco del respeto.
El sol del mediodía empieza a calentar y con mi paso cansino tomo la vereda más corta para poder llegar cuanto antes para poseer el descanso reconfortante del que es ya compañero inseparable por tantos años vividos.
El día se ha marchado acompañado de la luz del atardecer, las calles vuelven a estar solitarias, el gentío ha desaparecido como por ensalmo, se ha recluido en los panales de hormigón que aíslan y desorientan la convivencia humana propiciando y ahuyentando la comunicación necesaria, esa que debe estar presente para que seamos capaces de conocernos entre si, para que nos alejemos de una violencia engendrada en el nido oculto por la ausencia de la palabra. El patio vuelve a estar sólo, esta noche reina más oscuridad que nunca, al entrar en él oigo el ladrido de un perro que ha cortado en dos en negro silencio de la noche, subo las escaleras en silencio, es negro el silencio que me acompaña, el pasamanos esta frió, mas frió aún que mis manos faltas del calor de la juventud, con dificultad abro la vieja puerta, compañera inseparable de mi vida, esta pesada pero no se resiste dejándome paso al poco calor existente, no llego a cerrarla cuando vuelvo a oír el tañer de una guitarra, suena lejos, en la calle, me vuelvo y me asomo pero no veo nada, se alejan. Aún queda unas incipientes ascuas de carbón en el pequeño hueco de la cocina, las atizo ruborizándose ante mi presencia y es ese rubor el que acompaña a un pequeño puchero dándole el calor suficiente a un poco de caldo que me reconforta antes del descanso nocturno. Presiento algo, noto en mi interior, como si fuera a emprender un camino largo, muy largo, un camino de maravillosas luces que alumbran unas hermosas flores que crecen majestuosas en las lindes del sendero. ¡Otra vez han vuelto! ¡Entran! ¡Están en el patio! ¡Suben todos las escaleras! ¡Vienen por el corredor! ¡Es ella! La gitanita de piel morena y pelo negro como el azabache, como baila y canta, la hago pasar para que me acompañe, todos entran, la guitarra suena y las palmas al compás de bulerias y tangos, cantes de alegría y jolgorio. El cansancio me agota y quedo rendido.
Una luz radiante me ciega, me encuentro en compañía de una felicidad que me embarga todo el cuerpo, la flores de las lindes del sendero me embriagan con su perfume y la gitanita me coge de las manos, sintiendo unos escalofríos en mi interior, pero noto que mis manos no están frías, están ardientes como todo mi cuerpo, parece que mi andar flota entre nubes blancas como sabanas de Holanda, me siento dichoso, estoy feliz, han desaparecidos todos mis presagios de mi azarada vida, me he vuelto a reencontrar con los años mozos de mi juventud teniendo de cerca mi primer enamoramiento, mi amor soñado de toda la vida, aquel que no nunca encontré, ¡ Lo tendré para siempre ! ¡Será eterno!
Amaneció el día y el patio se encontraba callado, triste, las rosas y claveles de las macetas fueron acariciadas por el rocío de la mañana, corriendo por sus pétalos unas frescas lágrimas, notando la ausencia de un compañero que cada día se acercaba y con sus manos tocaba suavemente sus tallos. Corría un rumor en todo el barrio, aquel día el gentío no corría, se formaban corros y comentaban recelosos lo ocurrido. Aquel atardecer fue distinto a otros, en la torre las campanas tocaban con su sonido lúgubre a duelo.
Un coche tirado por dos caballos blancos, enjaezados con florones y negros mantones desfilaba por las calles solitarias, en las esquinas una joven mujer de ojos negros y pelo del color azabache, miraba atentamente la comitiva, por sus mejillas corrieron dos gotas de agua, lágrimas que humedecieron su alma sentida, ya no vería más su despacioso andar por las calles, aquel elegante hombre, señorial y humano como el que más, aquel de los consejos bienhechores, aquel que fue capaz de darlo todo a cambio de un beso y una caricia, aquel que un día incierto fue perseguido por las incomprensiones y las intolerancias, va sólo, sólo acompañado de la estela de lo sembrado en la besana de su vida, el amor a la libertad, el amor hacia los demás.
La gitanita sollozaba, enjugaba sus lagrimas con su pañuelo blanco, blanco como su pureza, salió corriendo por los callejones en la oscuridad del atardecer, cuando aparecía en el firmamento la luz tímida de la luna y las estrellas, que echaran de menos la compañía de la diaria mirada de unos ojos que transmitían la bondad hecha carne.
Transcurrirán los días y la semilla depositada en los surcos florecerán y darán tallos hermosos de entendimientos y se oirán nuevos cantes siempre cogidos de la mano de los orígenes donde nacieron: en el vientre fecundo de un pueblo sabio y milenario que es capaz de expresar sus sentimientos con una música que desgarra el alma y los corazones enamorados.

Desperté, todo había sido un sueño, un sueño que es la realidad cruel de la vida, la que nos da sinsabores y alegrías. Tenemos que seguir caminando aunque los senderos estén cubiertos de espinas que nos hieren los sentimientos profundos y hondos de nuestros comportamientos.

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