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CRUZANDO EL PUENTE

LA PINTURA TAURINA EN LA COLECCIÓN COLOMBÍ

En la Casa de la Provincia de la Excelentísima Diputación Provincial de Sevilla, ha sido expuesta la Colección La Pintura Taurina del Conde Colombí. Gran Iniciativa la de esta Institución sevillana, que viene a reforzar la trayectoria del proceso histórico de la Fiesta de los Toros, dejando claro que es una cultura de siglos en nuestros pueblos.

Esta exposición viene a reforzar la necesidad de que la Fiesta se encuadre institucionalmente en Cultura con el objeto de que algunos no consigan lograr los fines de su supresión que seria ir en contra de nuestros antecedentes históricos, menospreciando la riqueza cultural que encierra.

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El Conde de Colombí y Luis Prieto (1945)

Para poseer a las Pléyades, Orión debía cazar a todas las bestias de la isla, entre ellas un mágico y poderoso Tauro. Y así, en plena pelea, aparece en el cielo tal lance que, desde hace miles de años, forma parte de la poderosa atracción que conecta a los humanos con los astros.

Una relación siempre enigmática y profunda, la del Hombre con el Universo, que se transmuta y baja a la arena en la civilización mediterránea y más concretamente en nuestro país, donde el mito del Minotauro posee raíces y pasiones en el mundo de la Tauromaquia.

Porque es el toreo y lo que lo envuelve de mágico, todo un mundo de sensaciones, de sugestiones y de grandes vuelcos del alma, que siempre ha atraído a propios y extraños.

San Fermín, un sinfín de fiestas locales y las propias corridas de toros así lo atestiguan, dejando tras de sí, en el último ejemplo, toda una industria nacional que, además, contribuye a la conservación de un ecosistema vital para la sostenibilidad ambiental, como es la dehesa.

Y en esa fuerza de lo taurino, en ese universo de sensaciones, fue donde quedó atrapado un buen día el conde consorte de Colombí, José María Gutiérrez, alcalareño de pro y afanado coleccionista.

Ahora, con la universalización de la cultura que la democracia ha traído a todos los niveles, la valiosa colección del conde de Colombí se exhibe desde 2005 en el Museo de Alcalá de Guadaira, con todo su esplendor de compendio tauromáquico.

Una serie de obras que, ahora, la Casa de la Provincia trae hasta la capital para que todos, propios y extraños, puedan admirar la extraordinaria labor de mecenazgo que ejerció José María Gutiérrez. Y ahora, en ese futuro, el de ahora mismo, las generaciones venideras se ven también atrapadas por el mito de Minotauro en sus propias vidas.

Porque todos somos Orión, todos enfrentamos en ocasiones al Minotauro, y por eso la colección Colombí ejerce una misteriosa fascinación, a través de sus figuras, a todo aquel que la contempla.

                                                   FERNANDO RODRÍGUEZ VILLALOBOS

                                                   Presidente de la Diputación de Sevilla


En 2010 el Museo de Alcalá de Guadaira celebra el quinto aniversario de su inauguración. En estos años ha ido ocupando un lugar en el panorama cul­tural local y provincial, en base a una propuesta que rescata las esencias artís­ticas e históricas de la ciudad para ponerlas al día mediante un discurso actual.

 Para celebrar esta fecha no cabía pensar en nada mejor que en redoblar el trabajo, ofreciendo un ciclo de actividades del mayor interés y calidad. En esta programación ocupa un lugar preferente la recuperación de la Colección Colombí.

En 1972 llegó a Alcalá de Guadaira una importante parte del legado bibliográfico, documental y artístico de don José María Gutiérrez Ballesteros, conde de Colom­bí. Una parte de esta colección, dedicada a la presencia de la temática taurina en las artes, compuesta por cuadros, cerámicas, carteles, muebles decorados a mano y exlibris, está depositada en nuestro Museo donde se viene trabajando en su recupe­ración, catalogación y difusión. Frutos de esta labor son esta misma publicación -la primera que se dedica explícitamente a esta colección-, la exposición que se realiza en el otoño de 2010 en la Casa de la Provincia de Sevilla -primera vez que se presenta fuera de Alcalá este legado- y la que posteriormente, a lo largo de 2011, se celebrará en el propio Museo de nuestra ciudad, para así desembocar en e140 aniversario de la donación.

Considero que es toda una ocasión que los alcalareños debemos celebrar como una fiesta cultural, participando de estas propuestas y disfrutando de un conjunto de obras que, a lo largo de décadas, habían despertado la curiosidad e interés de todos, a la vez que compartir esta celebración artística con toda la provincia y con cuantos quieran conocerla.

                                                                   ANTONIO GUTIERREZ LIMONES

                                                                   Alcalde de Alcalá de Guadaira

Índice

 

Introducción

         Francisco Mantecón Campos

EL Conde de Colombi o la pasión por los toros

         Rafael La Casa  

La pintura taurina en la Colección Colombí

(Museo de Alcalá de Guadaira)

         Obras seleccionadas

         Catálogo

         Obras en proceso de restauración

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Ex-libris para el conde de Colombí

Introducción

Francisco Mantecón Campos

Una colección de tema taurino en Alcalá de Guadaira

En 1972 llegó a Alcalá de Guadaira una importante parte del legado bibliográ­fico, documental y artístico de don José María Gutiérrez Ballesteros, conde de Colombí.

Personaje singular, siempre cercano al mundo de la cultura y polifacético coleccionista, aunque desde temprana edad residió y desarrolló su vida profe­sional en Madrid nunca perdió el vínculo con su ciudad natal, la propia Alcalá de Guadaira, donde se le requería frecuentemente, con afecto y admiración, para conferencias, presidencias honoríficas u otros actos de diversa índole.

Eran los años de transición política y aquel legado quedó durante una temporada en un cierto olvido, hasta que en la década de los 90 la Delegación Municipal de Cultura, con el impulso de su responsable doña Guillermina Na­varro Peco, pone en marcha el proceso de catalogación y restauración de las piezas. En 2005 se inaugura el Museo de la Ciudad, donde actualmente se en­cuentra la colección, y se da un impulso definitivo a su recuperación, estudio y divulgación.

Apuntes biográficos sobre don José María Gutiérrez Ballesteros conde de Colombí

Un 28 de marzo de 1893, nace en Alcalá de Guadaira don José María Gutiérrez Ballesteros. Menor de tres hermanos y perteneciente a una familia mediana­mente acomodada, cursa sus estudios de Derecho en la Universidad de Sevi­lla con muy buenos resultados, empezando en la misma ciudad su andadura como abogado. Su profesión le hace coincidir con Esperanza Contreras y Zea Bermúdez, joven viuda con la que contrae matrimonio por el que pasa a con­vertirse en conde consorte de Colombí.

El matrimonio instala su residencia en Madrid. Allí, José María Gutiérrez Ballesteros continúa su ejercicio en el mundo de la abogacía hasta los setenta años de edad alcanzando una muy brillante trayectoria profesional.

Un lugar muy importante en su vida lo ocuparon sus múltiples inquie­tudes culturales, que conforman en él una personalidad de «coleccionista» entendido a la manera decimonónica. Fue gran apasionado y conocedor de temas taurinos, bibliófilo, escritor y poeta, destacado conferenciante... Su afán coleccionista y su pasión por el arte, la literatura y el mundo del toro, le llevan a ocupar puestos como Miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas letras, presidente de la Asociación de Exlibristas Ibéricos y presidente de la Unión de Bibliófilos Taurinos.

De su matrimonio nace en 1940 su único hijo, José María Gutiérrez y Contreras, quien tras la pronta muerte de su madre, la condesa de Colombí, ostentó el título, quedando José María Gutiérrez Ballesteros como conde viudo.

Aún siendo Madrid su lugar de residencia durante la mayor parte de su vida, jamás perdió el vínculo con su localidad natal, participando como dina­mizador y protagonista en múltiples iniciativas culturales. A su vez la ciudad de Alcalá de Guadaira, agradecida, le nombra hijo predilecto en 1954.

En 1972, procedente de Madrid, llega a Alcalá parte de la colección que el conde de Colombí donó generosamente a su ciudad natal. Su legado queda almacenado en dependencias municipales, expuesto al público durante algún periodo, hasta que en 1990 comenzaron las labores de ordenación, clasifica­ción y catalogación de la donación. Otra parte de su colección fue entregada a la localidad alicantina de Alfaz del Pi, donde se inauguró un museo con esta parte del legado que, al parecer, a los pocos años cerró sus puertas.

La colección que se encuentra en el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira destaca por una muy importante sección de prensa y libros, una importan­tísima serie de Ex Libris compuesta por más de cinco mil ejemplares y un apartado de pintura, cerámica y otros objetos artísticos que tienen en común la particularidad de su temática taurina.

El conde de Colombí muere en 1989 en Madrid.

Actualmente, el legado de D. José María Gutiérrez Ballesteros, conde de Colombí, se encuentra catalogado en su totalidad y en fase avanzada su proce­so de restauración.

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Ex-libris para Jesús Cardeñosa

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Ex-libris  de F. Teijeiro para Antoni Martinez

La pintura taurina en la colección Colombí

Como ha quedado dicho, junto con la sobresaliente sección de Ex Libris y la muy notable de libros y prensa periódica, destaca el apartado de artes plásticas de la colección, formado por pinturas, cartelería, cerámica, fotografía, escultu­ras de pequeño formato y mobiliario decorado a mano.

Con excepción de algunas piezas más singulares, el mayor valor de la colección no se encuentra en la calidad artística individual de las mismas, sino en el hecho de que todas ellas tienen en común estar dedicadas a la temática taurina, lo que le confiere un valor singular como colección y un importante atractivo etnográfico, pues se convierte en un compendio privilegiado para abordar el conocimiento de la fiesta del toro.

Abundan los carteles u otros impresos de «corridas» destacadas, los re­tratos de toreros o personajes característicos, las escenas campestres y «go­yescas», que aportan una imagen de las indumentarias utilizadas en la fiesta, o las composiciones descriptivas de las principales «suertes» taurinas. Son especialmente llamativos unos pequeños formatos, generalmente en lienzo o cartón, que denominaríamos «retratos» de toros, pues en ellos se representan ejemplares concretos que destacaron por lo extraordinario de sus cualidades desde el punto de vista de la lidia, estando acompañados en muchos casos de una «ficha» adherida al dorso del cuadro donde se mencionan el nombre, peso y otros datos del animal, la plaza en que fue lidiado, el nombre del matador, y alguna descripción del comportamiento que mereció tal distinción.

Como es normal en una colección cuya única directriz previa ha sido la temática, se da una notable variedad de estilos y conceptos artísticos. La crono­logía de las obras va de los siglos XVIII al XX. Siempre dentro de un lenguaje figurativo, algunas se resuelven en un estilo romántico propio del siglo XIX y adecuado para temas como las escenas goyescas, o impresionista, como se da en algunas piezas que muestran suertes o momentos de la lidia, o del más claro realismo utilizado en los principales retratos. Destacaríamos por su singulari­dad unas piezas cerámicas en azulejos, fechados en el siglo XVIII, en las que la ingenuidad de las escenas junto con la soltura y economía de la pincelada dan el resultado de unos modos casi expresionistas; así como los exlibris, seleccio­nados de entre los varios miles que conforman la colección, por ser estos los de temática taurina.

Aunque ya ha sido dicho que no es el artístico el principal valor de la colección en su conjunto, sí merecen ser señaladas algunas piezas, que más adelante comentaremos de modo pormenorizado.

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Cayovi - Bailaora en la venta (1870)

La colección en Alcalá de Guadaíra

El conjunto de la donación Colombí al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra en lo referido a artes plásticas está formado por unas 200 piezas, entre pintura, escultura de pequeño formato, cerámica y mobiliario decorado a mano.

Tras el inventario realizado en sus primeros años de estancia en Alcálá, parte de la colección quedó expuesta de forma permanente en los salones del Hotel Oromana, mientras que el resto quedaba almacenado en dependencias municipales.

A finales de los años 80 del siglo XX la Delegación Municipal de Cultu­ra se plantea la restauración de algunas de las pinturas, y en el año 1991 esta intención se refuerza mediante la firma de un convenio con la Cátedra de Res­tauración de la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Con ello, por parte de los alumnos de los últimos cursos y dirigidos por los profesores don Francisco y don Joaquín Arquillo Torres, se completa el inventario añadiéndole una ficha fotográfica a cada obra y se interviene sobre varios cuadros más.

A partir de 1999, con la creación de la Delegación de Patrimonio Históri­co por parte del Ayuntamiento alcalareño, el proceso de restauración, aunque pausado por la propia naturaleza de los trabajos y la disponibilidad presu­puestaria, se acelera en la medida de lo posible. Licenciados alcalareños en Be­llas Artes, con la especialidad de restauración y conservación de obras de arte, como Paloma Monedero Trujillo, Alejandro Redondo Torres y Claudio Hoyo han dejado la huella de su buen hacer profesional aportando cada uno un paso más en la recuperación del total de obras de la colección.

Estos trabajos de restauración, además de permitirnos go­zar de cuadros de mejor factura de lo que en un principio pudiera parecer, o de descubrirnos datos de autoría y fechas de realización que habían quedado ocultos por la suciedad y ennegrecimiento de los barnices, ha dejado a la luz algunas curiosidades en forma de «repintes». En algunos casos supo­nemos que podría ser el propio conde quien, en su afán de acrecentar la colección, encargaría la transformación de un «retratado» de cualquier profesión o personalidad en impro­visado personaje taurino. Así, ha podido verse en algunos re­tratos cómo el protagonista ha perdido la «montera» después de una limpieza, o alguno al que se le apreciaba un alzacuellos sacerdotal deba­jo del traje de luces. Tal vez en otros casos algún artista modesto, necesitado de vender, se anticipaba al encargo y presentaba ya al conde las propias creaciones «revestidas» para la ocasión de toreros, banderilleros o picadores.

La exposición

Han sido varias las ocasiones en que esta colección se ha expuesto de manera parcial, pero siempre en Alcalá de Guadaira, ya fuera en la Biblioteca Pública Municipal, en la Casa de la Cultura o en el propio Museo de la Ciudad.

Es esta la primera oportunidad en que la colección, notablemente am­pliada en cuanto al número de piezas que se han recuperado para su exposi­ción, se muestra en Sevilla, en un espacio tan significativo, por la calidad del mismo y por su carácter simbólico, como es la Casa de la Provincia. Con tal motivo se edita esta publicación, la primera también de estas características que se dedica a la pintura taurina del conde de Colombí. Sin lugar a dudas que esto supone un paso adelante, y muy valioso, en lo referente al conocimien­to, valorización, divulgación y disfrute de la colección, cuando se aproxima el cuarenta aniversario de su llegada a Alcalá.

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Autor desconocido - Escena costumbrista (1890)

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Banderillas en el campo (s.XVIII) - azulejo pintado a mano

El conde de Colombí o la pasión por los toros

Rafael La Casa

José María Gutiérrez Ballesteros nació en Alcalá de Guadaíra en las postrime­rías del siglo XIX, el 28 de marzo de 1893, en el seno de una familia de pro­pietarios agrícolas. Fue el menor de tres hermanos y estaba emparentado con el escritor José María Gutiérrez de Alba, del que acaso heredara la entusiasta inclinación hacia la literatura y,el arte que tan profundamente caracterizó la vida del conde de Colombí.

En aquellos tiempos, la que en la actualidad es una populosa ciudad del anillo metropolitano de la capital provincial no era sino un municipio de poco más de ocho mil habitantes, muchos de los cuales vivían diseminados en el campo, que estaba integrado en el partido judicial de Utrera, la localidad más importante de la comarca. Por lo demás, la población activa se dedicaba esencialmente entonces a la agricultura, con una preeminencia casi absoluta del cereal y del olivar, y a la industria panadera, a la que posteriormente se añadiría la del aderezo de aceituna. En lo político, habían quedado definiti­vamente superados los exaltados ánimos revolucionarios, primero, y el des­tacado protagonismo de las diversas tendencias del republicanismo en la vida local, después, para dar paso a un prolongado dominio conservador, acorde con el aparentemente plácido régimen de la restauración instalado en el país por obra de Cánovas del Castillo.

La mediana posición económica familiar permitió que José María Gu­tiérrez Ballesteros cursara estudios superiores, lo que hizo con notable aprovechamiento hasta alcanzar la Licenciatura en Derecho en la Universidad de Sevilla, para posteriormente iniciarse en el ejercicio de la abogacía en la pro­pia capital hispalense. Tales circunstancias tuvieron una influencia decisiva en su vida, pues las ocupaciones profesionales le llevaron a conocer a Esperanza Contreras y de Zea Bermúdez, que llegaría a ser en 1930 la cuarta condesa de Colombí, con la que finalmente contrajo matrimonio el 26 de marzo de 1926. Dicha unión tuvo un único descendiente: un varón llamado como su padre.

Así pues, merced a su matrimonio el joven letrado alcalareño ingresó en el exclusivo círculo de la aristocracia y pasó a ser generalmente conoci­do poco más tarde como conde de Colombí, aunque en realidad era sólo el consorte de la poseedora del titulo. Incluso tras el fallecimiento de su esposa siguió haciendo uso de la mencionada dignidad nobiliaria, que heredó su hijo en 1949, como conde viudo de Colombí. De cualquier modo y por encima de las precisiones realizadas, José María Gutiérrez Ballesteros fue, desde poco después de su matrimonio hasta su propia muerte, el conde de Colombí para todos quienes le conocieron y trataron, especialmente para sus paisanos, que le dispensaron una constante admiración y respeto.

El matrimonio trajo consigo asimismo un cambio de aires para el con­de de Colombí, que estableció su residencia en Madrid, donde desarrolló una brillante ejecutoria profesional como abogado hasta los setenta años de edad. Tras los convulsos tiempos de la II República y la Guerra Civil, la posición del conde se asentó definitivamente en la capital del reino. Allí tuvo oportunidad de cultivar con denuedo sus múltiples aficiones, entre las que descollaron so­bremanera la literatura, el arte, el coleccionismo y el toreo. Destacó además como orador y conferenciante, con una asidua presencia en múltiples y di­versos foros. Esta rica y polifacética personalidad le llevó a ser, por ejemplo, miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y presidente de la Asociación de Exlibristas Ibéricos y de la Unión de Bibliófilos Taurinos, así como a recibir numerosos reconocimientos.

Hombre de intensa vida social y acusada vertiente pública, tan pronto le vemos como primer Hermano Mayor de la madrileña Hermandad del Gran Poder y de la Esperanza Macarena, de la que fue igualmente fundador en 1940, como nos lo encontramos ejerciendo como presidente de la Federación Na­cional de Asociaciones Taurinas. Empero, esta frenética actividad no le desligó de sus orígenes; antes al contrario, el conde de Colombí mantuvo de continuo una estrecha vinculación con su localidad natal, hasta el punto de ser nombra­do su Hijo Predilecto en 1954, como agradecimiento a su siempre generosa cooperación en las iniciativas culturales habidas en Alcalá de Guadaíra, a las que distinguió con su solícito apoyo.

El conde de Colombí falleció en Madrid en 1989. Unos años antes, como muestra del singular afecto que dispensó siempre al pueblo donde vio la luz, donó en 1972 al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra una importante parte de la valiosa colección bibliográfica, documental y artística que logró atesorar a lo largo de su dilatada vida.

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  Reunión en la Peña Taurina Los de José y Juan, con el conde Colombí en el centro

El aficionado y la fiesta nacional

Como se ha dicho, entre las aficiones del conde de Colombí ocupaba un lugar principal, seguramente desde primera hora, la fiesta nacional.

De la Alcalá de Guadaira de su infancia se nos cuenta que lucía una pla­za de toros que, según una estadística mandada formar, era la cuarta por su capacidad de las siete que existían en la provincia de Sevilla. Y de la arraigada tradición taurina de la localidad en aquel entonces son elocuente muestra la fundación en 1903 de una escuela taurina en la Posada del Pelao y, de modo particular, la celebración de numerosos espectáculos taurinos de muy diversa condición, a saber: corridas de toros y novilladas, festejos para aficionados, becerradas -que llegaron a contar en alguna ocasión con la participación de niños toreros- e incluso el llamado toro del aguardiente. En ese ambiente, en el que la fiesta brava se encontraba indisolublemente ligada a los grandes aconte­cimientos del pueblo, por lo común de carácter religioso, creció el que habría de llegar a ser conde de Colombí. Al igual que muchos de sus paisanos debió sentir una profunda admiración por los diestros locales de la época, como el siempre arrojado Antonio Moreno, Moreno de Alcalá, y el eficaz estoqueador Francisco Martín Gómez, Vázquez.

Asimismo, de unos años más tarde se nos dice que los habitantes de Alca­lá de Guadaira seguían manteniendo su predilección por la fiesta nacional. No faltaron tampoco entonces los festejos, ni nuevas escuelas en las que adoctri­nar a los legos en los arcanos de la tauromaquia: en 1917 se inauguró la Escuela Taurina de la Venta de Espinar y en 1925 se fundó la Escuela Taurina Cercadilla de Santa Lucía. También el pueblo siguió siendo cantera de toreros, como José García, Alcalareño, y Epifanio Bulnes, aunque ninguno de ellos llegara a estar a la altura de los éxitos de sus inmediatos predecesores locales en el ejercicio del arte de Cúchares.

Más allá de los confines alcalareños hay que reseñar que en aquel mismo tiempo se estaba gestando una auténtica revolución en el toreo, de la que fue testigo privilegiado, ya en plena juventud, el conde de Colombí. En efecto, la irrupción, prácticamente simultánea, en el planeta de los toros de José Gómez Ortega, Gallito -o simplemente Joselito el Gallo-, y de Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, produjo una profunda conmoción. El primero, encarnación máxi­ma del toreo poderoso y dominador, con un entendimiento de la lidia como sometimiento del astado; el segundo, portador de una nueva concepción del toreo, presidida por la quietud y el temple; el uno, fiel continuador hasta la su­blimación de la tauromaquia tradicional, como sucesor indiscutido de Rafael Guerra, Guerrita; el otro, atrevido innovador que puso en valor la plasticidad y la estética en el toreo, hasta entonces preteridas casi por completo.

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 Cartel taurino -Plaza de Toros de Constantina (1910)

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José Gómez Ortega, «Gallito» (1912)

Joselito y Belmonte, o Belmonte y Joselito, que tanto monta, sostuvie­ron una enconada, mas siempre respetuosa, competencia en el ruedo, que en ningún momento estuvo reñida con la recíproca admiración y estima que sin­tieron el uno por el otro. Ambos diestros estuvieron de continuo arropados por legiones de acérrimos incondicionales, encendidos por la pasión que estos colosos del toreo despertaban, en ocasiones hasta un fanatismo extremo. Tal era la expectación que Joselito y Belmonte originaban por doquier que sus ac­tuaciones acostumbraban a adquirir categoría de magno acontecimiento allí donde tenían lugar. Nunca hasta entonces la fiesta había llegado a tal nivel de popularidad, ni nunca después se ha vuelto a alcanzar dicha cima.

Empero, esta rivalidad acabó de manera trágica el 16 de mayo de 1920 en la toledana plaza de Talavera de la Reina, donde el toro Bailador corneó mortalmente a Joselito el Gallo. A partir de entonces, aunque Belmonte siguió en activo derrochando su magisterio, ya nada volvió a ser lo mismo, pues había desaparecido el rival con quien mantuvo un permanente forcejeo por el cetro del toreo. Imposible decir quien era el mejor. Sólo puede sostenerse un he­cho incontestable: el vacío provocado por el fallecimiento de Joselito causó no sólo un inconsolable pesar, sino también una honda perplejidad en la afición («~Qué es torear? Yo no lo sé. Creí que lo sabía Joselito y vi cómo lo mató un toro», llegó a aseverar su amigo y afamado crítico Gregorio Corrochano), y apagó en gran medida la pasión que tan necesaria resulta para la vitalidad de la fiesta, pues dejó a Belmonte sin oponente digno de tal condición.

No es extraño que aquella época, llamada con toda justicia la Edad del Oro del Toreo, quedara grabada a fuego en la memoria de los aficionados que tuvieron la dicha de vivirla de primera mano como el paradigma por anto­nomasia de la tauromaquia, como el canon de la perfección en la lidia, en fin, como el cabal compendio del toreo. Aparecerían posteriormente nuevas suer­tes, se sucederían unas tras otras las figuras de indiscutible mérito (Marcial Lalanda, Domingo Ortega, Manolete, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida, Luis Miguel Domínguín, Antonio Ordóñez...), continuaría evolucionando el propio toreo (incorporación del peto al caballo de picar; concepción del toreo de muleta como suma de pases ligados en tandas, que se convierte en la parte fundamental de la lidia; enaltecimiento de la quietud del torero, hasta el pun­to de terminar erigiéndose en figura cuasi inmóvil alrededor de la cual gira el toro...), pero los viejos aficionados seguían guardando estricta fidelidad a Belmonte y a Gallito: en efecto, los unos continuaban afirmando con orgullo que eran de Juan; los otros, con no menos arrogancia, proclamaban que eran de José. Así, sin más, porque sobraban por completo el apellido y el apodo y porque ya nada volvería a ser lo mismo en el mundo del toro.

El tiempo siguió su inexorable curso, mas para muchos, entre los que se contaba el conde de Colombí, la memoria se encontraba definitivamente anclada en el pasado esplendoroso de la Edad de Oro del Toreo. En el Madrid de principios de los cincuenta del siglo pasado, un selecto y escogido grupo de aficionados, ante la crisis que a su entender padecía la fiesta, reflejada sobre todo en la extensión de la corruptela del afeitado por aquel entonces, conside­ró oportuno tomar postura a favor de la plenitud del espectáculo taurino. Para ello, entendieron que lo mejor era reivindicar la pureza que ellos conocieron en sus años juveniles, en los que tuvieron la suerte de presenciar la competen­cia entre Joselito y Belmonte, en la que coincidieron ciencia, arte y toro. Así se explica en la propia historia de la peña taurina Los de José y Juan, creada en la capital del reino en 1951, cuyos socios debía cumplir inexorablemente el requisito de haber visto torear a Gallito y a Belmonte. No podía ser de otro modo, pues el objetivo primordial de la Peña era -y continúa siendo- el de rendir homenaje perpetuo a la memoria de aquellos dos diestros, por reputar­los, con toda propiedad, las máximas figuras de la historia del toreo.

Pronto se produjo un aluvión de solicitudes de ingreso, entre las que se contó la del mismo conde de Colombí, que fue nombrado vicepresidente de la peña en 1954, cargo en el que cesó en 1972 por causa del traslado de su residencia a Sevilla. También por aquellas fechas alcanzó la presidencia de la Federación Nacional de Asociaciones Taurinas. Así pues, el conde de Colombí fue durante largo tiempo una de las almas de aquella egregia reunión de viejos aficionados, que desde 1958 ha venido celebrando unos interesantísimos ciclos de conferencias, sucedidos anualmente de manera ininterrumpida, en los que prestigiosos oradores han disertado sobre las diversas vertientes de la fiesta (entre ellos, José María de Cossío, Gregorio Corrochano, Domingo Ortega, Antonio Díaz-Cañabate, Gerardo Diego, José Bergamín, Luis María Anson, Daniel Vázquez Díaz y el propio conde de Colombí). Los de José y Juan se convirtió pronto en santo y seña del taurinismo nacional, por más que despec­tivamente se tachara a la peña de bastión irreducible de que cualquier tiempo pasado fue mejor. En efecto, la originaria tertulia taurina, que no por ello dejó de reunirse periódicamente, alcanzó al poco tiempo de su constitución como peña el liderato de la afición nacional.

Todavía hoy día continúa su brillante andadura Los de José y Juan, aunque para lograr su supervivencia hubiera de adoptar en 1969 el acuerdo -traumático para algunos de los viejos peñistas- de suprimir el requisito de haber visto to­rear a Gallito y a Belmonte para el ingreso como socio. La perspectiva histórica revela el acierto de la decisión, pues de otra manera el inexorable transcurso del tiempo habría terminado por acabar con este valioso referente para la afición.

No es aventurado afirmar que el conde de Colombí fue un enamorado de la fiesta, un aficionado constante que no cesó durante su larga vida en la tarea de profundizar en el conocimiento de la tauromaquia, en suma, un apa­sionado amante del toreo. Por ende, no extraña que esa entusiasta afición lle­gara a contar, entre sus muchas vertientes, la del coleccionismo. Gracias a ello puede disfrutarse en Alcalá de Guadaíra de un magnífico elenco de pinturas, cerámicas, carteles y otros objetos de diversa condición relacionados con el to­reo. En ellos el visitante debe ver y apreciar ante todo, por encima de la calidad artística de las obras, el esforzado y paciente fruto de la pasión por la fiesta de un aficionado ejemplar.

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Ex-libris para Franco de Fonzo

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Ex-libris para Jesús Cardeñosa

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Ignacio Sánchez Mejías - Fotografía de Marin

 El intelectual y el toreo

En verdad la afición a los toros del conde de Colombí no puede desligarse de su época. Es un hecho incontestable que de dicho tiempo puede decirse con ab­soluta propiedad, con Ortega y Gasset, que por cierto era también aficionado, que «opínese lo que se quiera sobre aquel espectáculo, es un hecho de eviden­cia arrolladora que durante generaciones y generaciones fue, tal vez, esa fiesta la cosa que ha hecho más felices a mayor número de españoles». En efecto, la fiesta era en aquel entonces el espectáculo de masas por antonomasia de una sociedad eminentemente agraria, que asociaba indisolublemente los toros con los acontecimientos festivos más relevantes del calendario. No debe sorpren­der, por consiguiente, su profundo arraigo en el pueblo, como es elocuente muestra la secular tradición taurina de Alcalá de Guadaira puesta de relieve con anterioridad, ni considerarse exagerada la observación, del mismo Ortega y Gasset, de que no puede entenderse sin los toros la historia de España desde 1650, por más que hoy día, desde hace varias décadas, el fútbol haya reempla­zado a los toros en las preferencias lúdicas de los españoles.

A la vista de lo anterior no puede asombrar la inclinación hacia la fiesta nacional del conde de Colombí, sin perjuicio de ser digna de encomio la exce­lencia de su afición, pues nació, creció y maduró en un ambiente que la tenía -pudiera decirse- inoculada, como parte consustancial de la propia identidad popular. Quizá por ello llegara a afirmar categóricamente Pérez de Ayala que los toros no podían morir, porque entonces moriría España. En la misma línea, el propio lema de la peña Los de José y Juan reza todavía así: «Que no se pierda el toro, que toreros los habrá mientras exista un español».

En cambio, merece subrayarse de manera particular el espíritu curioso con que el conde de Colombí se acercó a la fiesta nacional, ansioso siempre de penetrar al máximo en la totalidad de sus ricas y variadas facetas. En efecto, el conde de Colombí, hombre al cabo de vasta cultura y fina sensibilidad artísti­ca, supo trascender del ruedo, sin desconocer nunca la importancia de lo que allí sucede, a otras muchas vertientes de la fiesta. Si en alguna ocasión dictó una conferencia con el expresivo título de «¿Hoy se torea mejor que nunca? ¿Y de la lidia qué?», que evoca su condición de viejo aficionado eternamente año­rante de la Edad de Oro del Toreo, también fue capaz de disertar en otro mo­mento sobre «La fiesta de los toros y el número cabalístico», que se antoja un arduo y complejo ejercicio literario. Igualmente hay que destacar de manera especial el hecho de que en 1954 fundara la Unión de Bibliófilos Taurinos, de la que fue verdadera alma mater, con la finalidad de rescatar ediciones agotadas de libros raros y antiguos sobre la fiesta, que por su interés merecían ser re­impresas, así como publicar trabajos de investigación realizados por expertos documentalistas sobre la génesis de la tauromaquia y su verdadera historia. En el amplio listado de títulos editados por esta asociación se encuentran algunos con notas introductorias realizadas por el conde de Colombí, quien además colaboró con asiduidad en la Gacetilla publicada por la propia Unión de Bibliófilos Taurinos, con interesantes trabajos preñados de erudición (por ejemplo, El Cardenal Cisneros y los toros o Notas de mi archivo: ¿Alanceó toros el Cid Campeador?). En fin, no puede obviarse que el conde de Colombí desarrolló también una ingente labor de recopilación de obras artísticas relacionadas con la tauromaquia.

La Edad del Oro del Toreo, así como el período inmediatamente posterior hasta la Guerra Civil (incluido, por tanto, el conocido como la Edad de Plata del Toreo, de 1920 a 1930, como lo bautizó Corrochano), significaron los mo­mentos de mayor aproximación de la intelectualidad española a la fiesta de los toros. De la estrecha vinculación entre la elite de las letras, el pensamiento y el arte, de un lado, y el mundo del toro, de otro, dan fe de manera particular infi­nidad de sucedidos. Valga como botón de muestra la frase que repetidamente dedicaba, como rendido admirador, Vallé-Inclán a Belmonte: «No te falta más que morir en la plaza, Juan», a lo que el Pasmo de Triana respondía respetuo­samente: «Se hará lo que se pueda, don Ramón».

Por encima de la nota anecdótica, cabe constatar que la nómina de litera­tos, artistas y pensadores de aquel tiempo que cantaron, escribieron, glosaron, discurrieron, pintaron, esculpieron o reflejaron de cualquier otro modo en sus obras la fiesta nacional es realmente abrumadora: García Lorca, Gerardo Diego, Alberti, Bergamín, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Américo Castro, Pi­casso, Zuloaga y tantos otros. No hay duda, por ejemplo, de que una de elegías más bellas de la lengua castellana es precisamente el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, de García Lorca. Los toros como expresión artística y al propio tiempo como parte consustancial del ser español: he ahí la dualidad que reflejaron estos hombres en sus obras, hasta el punto de llegar a sostener, en feliz expresión de García Lorca, que el toreo es probablemente la riqueza poética y vital mayor de España.

También el conde de Colombí fue, en su medida, un hombre de letras que se acercó a la fiesta para indagar más allá de lo acontecido en la plaza du­rante la lidia. En efecto, si se despoja de toda pretensión altisonante al término intelectual y se identifica sencillamente con la persona que usa la potencia de la inteligencia para adentrarse decididamente en el mundo del arte, en sus diversas manifestaciones, y del pensamiento, no puede sino convenirse que el conde de Colombí lo fue cabalmente. En particular, empleó todo el bagaje adquirido en su afanosa búsqueda de saberes en la comprensión y el entendi­miento del fenómeno de la tauromaquia como expresión artística y vital. En suma, el conde de Colombí mantuvo con el toreo una relación que no se limitó a la pasión del simple aficionado, sin desconocer que lo fue asimismo en grado superlativo. Al cabo, la fascinación por la fiesta nacional sentida a lo largo del tiempo por hombres y mujeres de honda formación humanística, que for­man verdadera legión, no puede causar sorpresa si se tiene en cuenta que, para quien quizá sea el más granado de ellos, Federico García Lorca, los toros son la fiesta más culta que hay en el mundo.

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Manolo y Pepe Mejías - "Bienvenida" (1925)

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Autor desconocido - Mazzantini. Brindis en la plaza, 1887 - Oleo sobre tabla. 30 x 25 cm

La obra representa el momento de lanzar la montera tras el brindis, previo a co­menzar la faena de muleta. El torero se encuentra cerca de las tablas y mira hacia los medios. Tanto el colorido como la factura del cuadro son de gran sobriedad, lo que aporta serenidad a la composición, en la que el matador es el protagonista absoluto, con notable atención al retrato.

 Las facciones del personaje y la cronología de la obra nos hacen pensar en que pu­diera tratarse de Luis Mazzantini, hijo de padre italiano y madre vasca, que nació en 1856. Tomó la alternativa en Sevilla el 13 de abril de 1884, con Frascuelo como padrino, lidiando al toro Costurero, de la ganadería de Adalid, y la confirmó en Madrid e129 de mayo del mismo año en presencia de Lagartijo. Fue considerado un torero «poco garboso» con el capote y la muleta, pero gran estoqueador y sobre todo sobrio y autoritario director de lidia; pero lo más llamativo de Mazzantini fue su personalidad: culto y de gran formación intelectual, con preocupaciones polí­ticas que le llevaron a ser concejal del Ayuntamiento de Madrid después de su ca­rrera taurina, hizo a la tauromaquia aportaciones tan importantes como el sorteo de las reses antes de la lidia, cuyo orden hasta entonces imponían los empresarios o los propios ganaderos.

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Autor desconocido - Alguacilillo, 1891 - Óleo sobre tela. 49 x 34 cm

El alguacilillo es uno de los personajes más pintorescos de cuantos participan en el desarrollo de la corrida de toros. Una pareja de ellos montada a caballo encabeza el «paseíllo» que da entrada a la plaza a los protagonistas de la lidia, representando lo que en siglos anteriores se denominaría «despeje de la plaza» y que tenía todo su sentido por desarrollarse el evento en un espacio público. Son representantes de la autoridad, personalizada durante la corrida en el presidente, en cuyo nombre entregan las llaves al encargado de abrir los toriles, transmiten las indicaciones necesarias a los participantes o entregan los trofeos a los matadores cuando se han hecho merecedores de ello. La vestimenta es propia de la época de Felipe IV.

Tal personaje es el protagonista absoluto de esta composición, resuelta en elegantes tonos plata, que junto a los notables contrastes confieren al cuadro una atractiva y serena luminosidad. No diremos que se trate de un retrato, pues la atención mayor del autor parece puesta en describir de manera preciosista la indumentaria, más que las propias facciones del individuo, que sin embargo sí que denotan claramen­te el carácter psicológico del momento. El alguacilillo está junto a la barrera en actitud de espera tras haber cumplido parte de sus funciones en el inicio del festejo, pero se trata de una espera tensa, con la preocupación reflejada en la atenta mirada hacia el lugar donde se está desarrollando la lidia, presto a intervenir en el instante en que fuese preciso.

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José Denis Belgrano Tienes que salir a la plaza, 1890 - Óleo sobre tabla. 32 x 51.5 cm

José Denis Belgrano (Málaga, 1844-1917) se entregó desde temprana edad a su vocación artística. Ya en 1862 marcha a estudiar a Roma, gracias a la ayuda de don Carlos Larios, marqués de Guadiaro. Fue profesor de la Escuela de Bellas Artes de Málaga, ciudad en cuyo museo se encuentra un buen número de sus obras. De estilo impresionista, sus cuadros presentan influencias de Fortuny, autor al que no conoció pero que siempre le interesó.

En estos parámetros estilísticos se desarrolla el cuadro que nos ocupa. Un picador ha sido probablemente derribado de su montura; en un patio anejo a la plaza, re­costado en un banco y a la sombra de una parra, le atiende una mujer que le ofrece algo de beber. Un alguacilillo le exhorta de forma expresiva a que vuelva a su tarea, mientras que en segundo plano un monosabio sujeta al caballo, que parece mante­ner la calma mejor que su jinete.

Todo ello está narrado con una pincelada suelta, que por momentos sólo esboza las formas, con predominio de las tonalidades doradas sobre las que destaca con fuerza la negra indumentaria del alguacil.

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Autor desconocido - Retrato de Francisco Montes « Paquiro», 1839 - Óleo sobre tela. 64 x 50 cm

La colección cuenta con un importante apartado de retratos de notable interés. Si entre ellos destacamos algunos como éste es, además de por su propia calidad, porque presenta una característica que se da con alguna frecuencia en este legado, la factura de la obra debida a dos manos distintas y por razones que no siempre son coincidentes. En este caso, resulta evidente que la cabeza del personaje está tratada con una pincelada suave y fundida, en una gama cromática breve y matizada, de manera que lo material no resta atención a los rasgos. Mientras que la indumenta­ria está resuelta de manera radicalmente distinta, con pincelada larga y empastada, escasa valoración cromática e intención de que en algunos sitios sea el propio relie­ve de la pintura depositada el que dibuje los adornos del traje. Aunque la intención del autor, desconocido en este caso, hubiese sido emplear este recurso para centrar toda la atención en el rostro, entendemos que la diferencia de estilos es excesiva y sin transición alguna como para tratarse de una misma mano.

Aunque no aparece en el cuadro ningún título o mención a la identidad del perso­naje, el parecido nos induce a pensar que pudiera tratarse de un retrato de Fran­cisco Montes «Paquiro», torero nacido en Chiclana de la Frontera (Cádiz) en 1804, discípulo favorito de Pedro Romero, fallecido en abril de 1851 por unas fiebres consecuencia de una cornada. Fue uno de los grandes lidiadores de la historia del toreo, dominador de todas las suertes y situaciones dentro y fuera de la plaza, que a decir de los entendidos podía ser «por momentos autoritario y sobrio como los rondeños o barroco y luminoso como los sevillanos».

Esta personalidad puede quedar perfectamente reflejada en la pintura, en la que la luminosidad del rostro centra toda nuestra atención para encontrarnos con la mirada, firme y decidida, fija en la nuestra, del retratado, cuya sobriedad queda remarcada por el fuerte contraste con la oscuridad del fondo.

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García Ramos (atribuido) Mujer torera, 1880-1890 - óleo sobre lienzo. 52 x 37 cm

Estamos ante una de las pinturas más interesantes de la colección, tanto por su evidente calidad como por su posible autoría, puesto que al ser restaurada apareció de manera bastante legible la firma de García Ramos.Tanto la belleza en el colori­do como la excelente resolución de algunas partes nos inclinan a pensar en que la obra está realizada por un artista de primera fila, como pudiera ser el propio pintor sevillano, si bien cierta ligereza en la manera de solucionar otras zonas nos hace dudar o pensar en una etapa inicial, en absoluto de madurez, del propio autor. No obstante la aclaración de esta atribución debe ser resuelta por especialistas en esta figura, mientras nosotros nos limitaremos a tratar el cuadro como parte, en todo caso destacada, de este legado de Colombí.

Se trata de una obra costumbrista, lenguaje en el que lucieron de manera extraor­dinaria autores sevillanos como el propio José García Ramos o Jiménez Aranda. Se representa a una mujer ataviada de torera, con chaquetilla corta, amplia faja a la cintura de color rojo al igual que el corbatín, sombrero al estilo bandolero y capote recogido sobre el brazo. Coincide que la figura femenina es con frecuencia prota­gonista de las composiciones de García Ramos, ya sea en escenas de fiestas de cante y baile, en ambientes taurinos o en asuntos más cotidianos.

La retratada bien pudiera ser la torera Marta Martina, conocida como «La Marti­ta», cuya alternativa como espada se produce en 1845, vestida a la manera francesa, según la describe Cossío. El escritor Antonio García Ramos, hermano del pintor, recoge en su libro «20 temas taurinos» palabras elogiosas que le dedicara Curro Cúchares al decirle «Martina, si lo que te sobra de valentía lo tuvieras de conocimiento de las reses serías tanto como yo».

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Salvador Viniegra - Mujer torera, 1885 - Óleo sobre lienzo. 51 x 33 cm

Salvador Viniegra y Lasso de la Vega nació en Cádiz e123 de noviembre de 1862. Inició estudios en Derecho, pero pronto se dedicó a su verdadera vocación, ingre­sando en la Escuela de Bellas Artes de Cádiz. En 1890 marchó a Roma con una beca para completar sus estudios. Algunas de sus obras fueron muy reproducidas, por lo que se convirtió en un artista muy popular y conocido en diversos países europeos.

Pero no sólo su trayectoria creativa es destacable, también su diversidad de facetas como persona especialmente culta y de gran formación en las artes en general. Fue director y conservador del Museo del Prado durante casi una década y en la última etapa de su vida realizó una importante labor como mecenas, especialmente de músicos, siendo él mismo un gran violonchelista, en la que colaboró con autores como Manuel de Falla. Murió en Madrid en 1915, dejando cuadros en colecciones como la del propio Museo del Prado, el Bellas Artes de Málaga o el de su Cádiz natal.

Centrándonos en su pintura debemos decir que utilizó con éxito diversas técnicas además del óleo, como la acuarela o el grabado. Destacó especialmente por sus obras de temática histórica y sus retratos; ambos caminos conducen a una manera de hacer muy descriptiva y preciosista, con gusto por el detalle, con un cuidado dibujo y una gran riqueza cromática. Todo ello se plasma de modo evidente en este cuadro, que representa a una mujer ataviada con indumentaria taurina y con un capote descansando sobre el brazo.

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Martinez de León - Alegoria taurina, c. 1918 - Pluma y tinta china sobre papel - Triptico de 58 x 99 cm en total 

Extraordinario dibujante, periodista gráfico y cronista de toda una época, Andrés Martínez de León nació en Coria del Río (Sevilla) e15 de abril de 1895. Realizó es­tudios en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, en la que desde muy temprana edad destacó por su capacidad para un dibujo nervioso y ágil, de gran expresividad, caracterizado por la economía de trazos. Comenzó su andadura en el mundo de la prensa escrita colaborando con El Noticiero Sevillano, invitado por su primer descubridor, don Juan Carretero Luca de Tena, entonces director de este diario. En pocos años trabajaba también para los periódicos madrileños El sol y La voz, así como para las revistas La esfera y Blanco y Negro.

Hacia 1920 creó el que fue su personaje más emblemático, « Oselito»,fina y genial encarnación del carácter y el pensamiento andaluz, a través de cuya mirada y sen­tencias realizó una aguda y divertida crónica de la España de la época. En la década de los treinta del siglo pasado se constituyó en dibujante fundamental del mundo del toro, publicando varios libros sobre este tema. Falleció en 1978.

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Autor desconocido Retrato de torero, c. 1840 - Óleo sobre lienzo. 62 x 47 cm

El retratado es un personaje, en principio sin identificar, vestido de torero. Si bien es éste uno de los casos de «repintes» que con alguna frecuencia se dan en la colec­ción, de tal manera que, al realizar la limpieza del cuadro, se apreciaba claramente que parte del pelo y las patillas eran producto de una pintura posterior, así como el cuello de la camisa, la corbata y la parte superior del traje de luces dejaban a la vista lo que parecía un alzacuello y un traje eclesiástico, por lo que podemos suponer que inicialmente se trataba del retrato de un sacerdote «reconvertido» a torero.

En cualquier caso, el análisis plástico de la obra nos indica un gran interés del autor por situarnos ante la psicología del retratado. El fondo oscuro envuelve el traje, mientras que la luz, que entra desde la izquierda del cuadro, ilumina de forma destacada el rostro, de piel muy blanca y rasgos finos. La mirada, severa y serena, se enfrentó un día a la del pintor y lo hace hoy a la del espectador, quien a través de ella podrá tratar de averiguar la vida que subyace tras esa expresión.

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Autor desconocido Cantando en la venta, 1850 - Óleo sobre lienzo. 82 x 61’5 cm

Obra de marcado carácter costumbrista, algo ingenua en la resolución pero primorosa en el cuido de detalles y en la elegancia del colorido.

La composición está probablemente basada en una litografía de Manuel Cabral Bejarano, de la colección «Costumbres andaluzas». Se representa una escena en el interior de una taberna en la que el único personaje femenino parece estar cantan­do, acompañada a la guitarra por un personaje vestido de picador, mientras otro ataviado de torero escucha embelesado y un tabernero, que está sirviendo unas copas de vino, parece haberse detenido para atender al cante; a excepción de este último, todos están sentados en torno a una mesa. La estancia está en penumbra; la única luz entra por un gran ventanal que da a un patio o plaza porticada.

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El quite, 1880 - Óleo sobre lienzo. 24 x 35 cm

Con un lenguaje claramente impresionista, el autor ha logrado captar un momen­to de dramatismo y gran revuelo en el transcurso de la lidia. El picador y su caballo, en plena suerte de varas, han sido derribados por el toro y al instante tres toreros ya se encuentran intentando el «quite», moviendo en círculo los capotes e incluso tirando del rabo del astado, para evitar que pueda cornear y hacer más daño a las víctimas. No se detiene la pincelada en ningún detalle ni en perfilar ningún rasgo; todo el interés del artista se centra en el conjunto, en el ambiente de la plaza y en transmitirnos el dinamismo, la urgencia y la respiración contenida que el momen­to significa.

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Francisco Navas Linares En peligro, 1880 - Óleo sobre cartón. 33 x 50 cm

La escena representa el momento en que el picador, en el suelo, se encuentra cara a cara con el toro tras haber sido derribado de su montura por la fuerza del astado. La pronta intervención de los subalternos que salen al quite parece a punto de atajar el momento de peligro.

El autor ha situado al grupo de personajes en la zona de sombra de la plaza, des­tacándolos en suave contraluz sobre la parte de sol; uno de los toreros, situado justo en el centro, es el único que recibe la luz directa y su traje refulge, por lo que se convierte en eje de una composición horizontal, de notable simetría, en la que el movimiento del toro al embestir y del caballo que huye parece reforzar la línea curva que separa la zona iluminada de la sombra. El colorido, basado en una sobria paleta de tierras y carmines, es de gran elegancia.

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Autor desconocido - Retrato del torero Rafael Pérez de Guzmán «el Bueno», 1830-1835 - Óleo sobre lienzo. 73 x 55 cm

Cierto es que este cuadro posiblemente no destaca por sus virtudes artísticas, pero sí es de interés por los sabrosos apuntes biográficos del personaje retratado. Rafael Pérez de Guzmán, apodado «el Bueno», vivió en el primer tercio del siglo XIX. En la obra aparece representado de perfil, con el rostro sereno y cierta melancolía en la mirada. La escasa materia pictórica con que el cuadro está realizado deja entrever el soporte en algunas zonas. El colorido está casi ausente, resolviéndose entre ma­rrones y negros, lo que no deja de dar un cierto halo de misterio al resultado.

El personaje nació en Córdoba en 1802 en el seno de una familia burguesa, los condes de Villamanrique del Tajo. Inició la carrera militar, con destino en el Regi­miento de Caballería de sede en Sevilla. Desde temprana edad se sintió inclinado por todo lo relacionado con el mundo del folclore en general y del toro en parti­cular; participaba en tientas y decidió ingresar en la Escuela Taurina que dirigía Pedro Romero, abandonando definitivamente el ejército. El 29 de mayo de 1831, encontrándose en la plaza de Aranjuez, «Paquiro» solicitó permiso para cederle a Rafael la muerte de uno de sus toros, llamado «Gascón», cosa que realizó de una celebrada estocada en la suerte de «recibir». Pocos días después hizo lo mismo con otro astado, «Serrano» se llamaba este; en el momento de armar la espada se le cayó la muleta, no queriendo agacharse a cogerla sacó un pequeño pañuelo que llevaba y ayudándose de él entró a matar. Tomó la alternativa en Madrid en ese mismo año de 1831.

El 23 de abril de 1838 se dirigía a la capital para una corrida en la que compartía cartel con «Paquiro» y «Rigores». A la altura de Guadalajara fue asaltado por un grupo de bandoleros y de resultas de la refriega que se originó perdió la vida. Sus compañeros de aquella tarde entregaron a la viuda los mil reales que le hubieran correspondido por su parte de la lidia. Sus restos yacen en el Monasterio de San Isidoro del Campo, de la localidad sevillana de Santiponce.

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Autor desconocido - Pelando la pava, 1850 - Óleo sobre tabla. 23 x 18 cm

 Esta obra pertenece a una sección dentro de la Colección Colombí que podríamos denominar «escenas goyescas o de fiesta». Tienen en común estos cuadros su ca­rácter claramente costumbrista, junto a cierta ligereza en la realización pero una gracia notable en las composiciones, en las escenas que describe, en la luminosidad de los colores o en la atención a los detalles.

En este caso se trata de una escena que llamaríamos «de galanteo». Un mozo ata­viado con traje corto campero está rondando a una joven que le escucha sentada en silla sevillana, con un jardín como fondo, tocada con un mantón y adornándose el pelo con flores. El caballo del pretendiente es el único testigo de la conversación.

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Toro con banderillas, 1923 - Óleo sobre cartón. 26 x 41 cm

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Toro con estocada, 1923 - Óleo sobre cartón. 26 x 41,2 cm

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Toro con estocada II, 1923 - Óleo sobre cartón entelado. 26,3 x 40,8 cm

Julián Alcaraz

Este pintor nació en Murcia en julio de 1876 y vivió hasta 1952. Se especializó abso­lutamente en la temática taurina, en coherencia con su gran afición por las corridas de toros. Con diecisiete años pintó su primer cartel dedicado a esta fiesta, con el que se anunció la temporada de Sevilla de 1893. Posteriormente realizó otros para las ferias de San Sebastián, Pamplona, Bilbao y Murcia.

Su pintura alcanzó un gran dominio técnico y dibujístico, admirado por otros ar­tistas coetáneos como el escultor Benlliure, a quien resultaba especialmente llama­tivo que Alcaraz acostumbraba a modelar en arcilla la figura del toro para mejor estudiarlo antes de pintarlo.

Este conjunto de cuadros, de los que la colección incluye algunos más, presenta al toro como único protagonista, en el campo o en distintos momentos de la lidia. El estudio anatómico del animal es en todos los casos excelente, con observación de las características que pueden diferenciar a un ejemplar de otro e incluso a una ganadería de las demás.

Para Julián Alcaraz el toro es el dominador absoluto del ruedo, difícil de doblegar aún cuando ya ha sido estoqueado. Refleja su poderío, fuerza y bravura mediante el dinamismo de la pincelada, el encuadre o la utilización del color.

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Autor desconocido - Reses cruzando el río, 1850 - Óleo sobre lienzo. 58 x 103 cm

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J.J.M - Reses a las puertas del Castillo, 1853 - Óleo sobre lienzo. 76 x 100 cm

Si en algo ha destacado Alcalá de Guadaíra en el mundo de la pintura ha sido en la representación plástica de los paisajes. Por ello no podemos dejar de traer a esta selección alguna muestra de un grupo de obras de la colección que denominaría­mos «Paisajes con toros».

Hemos elegido para ello estas dos hermosas panorámicas de carácter bucólico, evo­cadoras de una imagen romántica, más ideal que real, de la vida cotidiana. Entre luces anaranjadas, indicadoras de las primeras o postreras horas de sol, un grupo de personajes lleva a cabo su labor con el ganado, en una sensación de absoluta paz y armonía, en el marco de entornos bellísimos. La presencia de esos personajes nos ofrece la escala espacial, al tiempo que nos transmite la idea de paisajes vivos, en los que casi podemos oír los sonidos emitidos por los animales, el chapoteo en el agua o las voces de los pastores.

Ambas pinturas están resueltas en un lenguaje naturalista, con una escala cromáti­ca sobria y que ayuda a crear la sensación de armonía que el conjunto nos ofrece.

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Retrato con traje de luces, 1890 - Óleo sobre lienzo. 61,2 x 50 cm

Probablemente estemos ante uno de los mejores retratos que ofrece la colección; no en vano está realizado por un notable especialista en esta materia, el italiano Edgar Saporetti. Nació en 1865 y falleció en 1909. Realizó estudios en Roma, tras­ladándose posteriormente a Florencia donde obtuvo cátedra en la Academia de Bellas Artes. Cultivó principalmente el género del retrato, en el que alcanzó gran prestigio, de lo que dan fe las numerosas obras suyas que se conservan en museos italianos así como en colecciones privadas.

No hemos podido identificar al torero retratado en este caso, siendo significativos sus rasgos juveniles, que podríamos considerar cercanos a los de la etnia gitana o tal vez hispanoamericana. Tanto la pincelada, suelta y matérica, cuanto el dibujo, están manejados con gran maestría y dominio. El personaje está situado de «tres cuartos», aunque gira la cabeza y la mirada hacia el espectador. La elección del co­lor de fondo hace que predomine la entonación dorada en todo el cuadro, sólo rota por el negro de la montera, de la corbata y de los ojos del torero, que conforman el eje central de la composición. Si bien el retrato está trabajado de manera natu­ralista, la indumentaria tiene cierta concepción impresionista. La suavidad de los rasgos y la profundidad de la mirada tiñen la obra de un sereno misterio.


                                Catálogo

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La difusión de este catálogo la he llevado a cabo en aras de la defensa de la Fiesta de los Toros, al mismo tiempo quiero expresar mi mas sincera felicitación y agradecimiento al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra del cual el máximo representante es su Alcalde Antonio Gutierrez Limones y la actual Diputada de Cultura de la Excelentisima Diputación de Sevilla doña Guillermina Navarro Peco, que cuando tuvo la reponsabilidad de la Delegación de Cultura en el citado Municipio consiguio rescatar todo el Patrimonio y riqueza que contiene la Colección del Conde Colombí.

Esta Exposición ha sido un acto importante por lo que significa nuestra Cultura Taurina, y mas aún en los momentos en que se encuentra nuestra Fiesta de los Toros.   

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1 comentario

gonzalo de amarante -

Le felicito por esta entrada, bien argumentada y extensamente documentada.
En base a mejorar el contenido de la información gráfica que aporta, le sugiero tenga a bien considerar las siguientes puntualizaciones:
a) en el apartado "La exposición", se describe el óleo s/tabla 15'3x13'4 cms. "Escena costumbrista", como de autor desconocido.
Dicha obra es una burda copia del magnífico cuadro de JOSÉ DENIS BELGRANO, titulado "Después de la corrida", conservado en el Museo de Bellas Artes de Málaga.
Puede verlo fotografiado en alta resolución en la entrada
miscelaneaspintura19.blogspot.com.es
(PINTURA MALAGUEÑA DEL SIGLO XIX /misceláneas/), cocretamente en el capítulo núm. 64: "El precio de la Fiesta".
A su vez, la obra que adjudican a José Denis Belgrano: Óleo s/tabla 32x51'5 cms., que titulan "Tienes que salir a la plaza" y fechan en 1890, es reproducción de un óleo s/lienzo falsamente atribuido a Denis, que en muy mal estado fué estudiado por la Catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Málaga, Dra. Teresa Sauret, y publicado en 1979 como monografía sobre el pintor malagueño.

Agradezco su atención, saludándole atentamente y felicitándole por su aportación a la cultura taurina.
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